“¿No te lo he mandado yo? Sé fuerte y valiente; no temas, ni te asustes, porque el Señor, tu Dios, está contigo dondequiera que vayas.” (Josué 1:9).
Esperar pasivamente a Dios es, en realidad, una forma disfrazada de incredulidad; significa que no confiamos en Él. Esperamos que Él haga algo visible o tangible para que podamos depositar nuestra confianza. Pero Dios no actúa así, porque esa no es la base de la relación entre Dios y el hombre. Esta relación exige que el hombre salga de sí mismo, así como Dios salió de Sí para hacer un pacto con nosotros.
Salimos de nosotros mismos cuando escuchamos la voz de Dios y la obedecemos exactamente como es, sin intentar racionalizarla o ajustarla a nuestra propia lógica. Es una cuestión de fe: la confianza pura y simple en Dios, que es una de las cosas más raras de encontrar. Muchas veces, confiamos más en nuestros sentimientos que en Él. Queremos pruebas concretas, algo en nuestras manos que confirme Su presencia, para entonces decir: "Ahora creo." Pero eso no es verdadera fe.
Dios nos llama a mirarlo a Él y confiar sin reservas. “Mirad a Mí y sed salvos.” La verdadera fe no depende de evidencias visibles, sino de una confianza inquebrantable en la Palabra de Dios. Cuando dejamos de exigir señales y simplemente obedecemos, encontramos la esencia de la fe y experimentamos la salvación que Él prometió. Fe es confiar plenamente, incluso sin ver, porque sabemos que Dios es fiel. -Adaptado de Oswald Chambers. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Querido Dios, ayúdame a abandonar la necesidad de pruebas visibles para confiar en Ti. Enséñame a salir de mí mismo, a escuchar Tu voz y a obedecer con una fe simple y pura, sin intentar ajustar Tu voluntad a mis propios pensamientos. Dame un corazón que confíe plenamente en Tu fidelidad, incluso cuando no vea el camino por delante.
Padre mío, hoy te pido que me fortalezcas para depositar mi confianza exclusivamente en Tu Palabra. Líbrame de depender de mis sentimientos o de buscar señales para creer en Ti. Que aprenda a mirarte y encontrar seguridad, sabiendo que Tu promesa es verdadera y Tu salvación es segura para quienes confían en Ti sin reservas.
Oh, Santísimo Dios, te adoro y te alabo por ser siempre fiel, incluso cuando mi fe es débil. Gracias por llamarme a una confianza más profunda, basada en Tu Palabra y no en evidencias tangibles. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es un apoyo constante. Nunca dejo de meditar en Tus hermosos mandamientos. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.
























