“Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 3:1-2).
Elías oyó primero un viento grande y fuerte que hendía los montes y rompía las peñas; después vino un terremoto, y luego, un fuego. Pero el Señor no estaba en ninguno de esos fenómenos poderosos. Finalmente, llegó una voz suave y delicada (1 Reyes 19:12). Esta secuencia refleja el proceso espiritual por el que pasamos: el arrepentimiento profundo por el pecado prepara el camino para el consuelo del Espíritu. Dios no sana tus heridas hasta que reconozcas y lamentes sinceramente tus pecados delante de Él.
Dios no cubre tus iniquidades hasta que las descubras con un espíritu de humildad y arrepentimiento y un profundo y permanente deseo de seguir las instrucciones de tu Creador, cueste lo que cueste. El diablo lo sabe y hará todo lo posible para desviarte de la obediencia, pues entiende que, si la obediencia a Dios se convierte en el centro de tu vida, él ha perdido la batalla.
La obediencia no es solo un acto de sumisión, sino una declaración de victoria. Cuando ponemos a Dios y Sus mandamientos en el centro de nuestra existencia, estamos rechazando el dominio del pecado y afirmando que nuestra vida pertenece al Señor. El diablo teme esto, pues sabe que una vida enfocada en la obediencia es una vida llena del poder y la presencia de Dios, que lo vuelve impotente contra nosotros. -Adaptado de Johann Gerhard. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Querido Dios, recuerdo la experiencia de Elías y las lecciones que trae para mi propia vida. Ayúdame a reconocer que no siempre estás en las manifestaciones grandiosas, sino en la voz suave y delicada que habla a mi corazón. Que esté dispuesto a lamentar sinceramente mis pecados y confesarlos con humildad, sabiendo que solo así puedo experimentar Tu sanidad y Tu consuelo.
Padre mío, hoy te pido que me ayudes a vivir en plena obediencia a Tu voluntad. Dame la fuerza para resistir las tentaciones y los desvíos que el enemigo pone en mi camino. Enséñame a centrar mi vida en Ti y en Tus mandamientos, sabiendo que es en ese lugar de obediencia donde encuentro la verdadera paz y victoria.
Oh, Santísimo Dios, te alabo por Tu misericordia, que nunca falla, y por Tu poder, que hace al enemigo impotente ante una vida rendida a Ti. Gracias por ser mi refugio, mi fuerza y la fuente de todo consuelo. Que mi vida sea un testimonio de obediencia y fe, reflejando Tu gloria en todo lo que hago. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley camina a mi lado en este mundo tenebroso. Tus mandamientos son tesoros valiosos que guardo con esmero, pues en ellos encuentro la verdadera felicidad. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.
























