Devocional Diario: Fui joven y ya, ahora, soy viejo, pero jamás he visto al...

“Fui joven y ya, ahora, soy viejo, pero jamás he visto al justo desamparado, ni a su descendencia mendigar el pan” (Salmos 37:25).

No debemos menospreciar los medios por los cuales Dios nos bendice, pero tampoco debemos confiar en ellos como si fueran nuestra fuente final de sustento. El secreto está en usarlos con gratitud, reconociendo que es la bendición de Dios la que hace que prosperen. El pan que nos alimenta, el remedio que nos cura, el amigo que nos consuela: todo esto son instrumentos, pero la verdadera provisión viene del Señor. Es Él quien sostiene todas las cosas y concede vida, salud y consuelo a quienes lo buscan.

Los impíos confían en los medios y no en Dios; hacen de ellos sus ídolos, poniendo su esperanza en lo que es pasajero. Cuando alguien come un trozo de pan sin reconocer que fue Dios quien lo proveyó, trata el pan como su fuente, y no al Señor que lo concedió. Esto revela una fe distorsionada, que se aferra a lo visible y olvida lo invisible, que es eterno. La verdadera fe reconoce que todo lo que tenemos y recibimos viene de las manos de Dios, y que sin Su bendición nada puede realmente sostenernos.

Las bendiciones de Dios están reservadas para los hijos obedientes. Los desobedientes también disfrutan del bien que Dios derrama sobre la tierra —al fin y al cabo, Él hace llover sobre justos e injustos— pero no experimentan las bendiciones que transforman y edifican la vida. Las promesas divinas son para aquellos que han elegido, de cuerpo y alma, seguir la santa y poderosa Ley de Dios. Estos no solo reciben provisión, sino que también viven bajo la protección especial del Padre, disfrutando de la paz, la seguridad y la certeza de que Él está con ellos en todo momento. Y al final, son estos los que subirán con Jesús. —Adaptado de Henry Müller. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.

Ora conmigo: Querido Dios, es verdad que todas las bendiciones que recibo vienen de Ti y no de los medios que utilizo para vivir. El pan que me sostiene, la curación que me fortalece, el consuelo que me alivia: todo esto son solo instrumentos en Tus manos, pues eres Tú quien verdaderamente provee.

Padre mío, hoy te pido que guardes mi corazón de cualquier ilusión que me haga confiar en lo pasajero. No quiero actuar como aquellos que hacen de los medios su seguridad y se olvidan de que todo viene de Ti. Dame un espíritu de gratitud y reconocimiento, para que, al recibir algo, siempre vea Tu mano detrás de cada provisión.

Oh, Santísimo Dios, te adoro y te alabo porque Tú eres fiel a los que te obedecen y eligen vivir según Tu Ley. Gracias porque, además de proveer lo necesario, derramas sobre Tus hijos una protección especial, dándoles paz, seguridad y la certeza de que jamás los abandonas. Tu Hijo amado es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es un muro de protección a mi alrededor. Tus mandamientos son como la luz del amanecer que disipa las tinieblas de mi camino. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.



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