“Óyeme, Señor, porque grande es tu misericordia; mírame conforme a tu inmensa compasión” (Salmos 69:16).
Ah, si pudieras realmente percibir esto con el corazón: el Señor ve cada uno de tus sufrimientos con ojos llenos de compasión. Él no solo está a tu lado en los momentos difíciles, sino que es poderoso para transformar incluso el dolor en bendición. Por eso, no te entregues a la tristeza. No alimentes el descontento. En lugar de fijarte en la dificultad, levanta los ojos y míralo a Él.
Él es paciente. Él te espera. Espera el momento en que finalmente dejarás de correr tras tus propios sueños, tus propios deseos, y decidirás confiar en el plan perfecto que Él tiene. Porque la verdad es que, mientras seguimos solo lo que creemos correcto, seguimos frustrados. Pero cuando nos rendimos a la voluntad de Dios y comenzamos a obedecer Su poderosa Ley, algo sobrenatural sucede: el cielo se abre y Su socorro se vuelve constante en nuestra vida.
Es en ese lugar de obediencia donde las bendiciones comienzan a caer como lluvia. La paz que el mundo no puede ofrecer pasa a habitar en ti. Y, más aún, comienzas a experimentar una comunión real con el Padre: una ayuda diaria, constante, firme. Obedecer a Dios no es perder libertad; es encontrar la verdadera libertad de vivir con propósito, sostenido por un amor que nunca falla. -Adaptado de Isaac Penington. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Querido Dios, te agradezco por mirarme con compasión, incluso cuando estoy abatido y sin fuerzas. En medio de los dolores, las luchas y las tormentas que enfrento, Tú no solo permaneces a mi lado: Tú eres mi refugio seguro. Que nunca olvide esto. Ayúdame a levantar los ojos y fijar mi corazón en Ti, en lugar de aferrarme a la tristeza o al desánimo.
Padre mío, hoy te pido que me ayudes a dejar de correr tras mis propios deseos y a confiar plenamente en tus caminos. Sé que has esperado pacientemente a que me rinda, a que deje de insistir en lo que creo correcto y comience a vivir según tu plan perfecto. Dame fuerzas para obedecer tu Ley con alegría, incluso cuando confronte mis deseos. Abre los cielos sobre mí, Señor, y haz que experimente ese socorro constante que solo llega cuando me coloco en el centro de tu voluntad.
Oh, Santísimo Dios, te adoro y te alabo porque en Ti he encontrado la verdadera libertad: no la libertad de hacer todo lo que quiero, sino la de vivir con propósito y paz, sostenido por tu amor fiel. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es como lluvia que riega la tierra seca de mi alma, haciendo brotar nueva vida. Tus mandamientos son como raíces profundas que me mantienen firme, incluso en los días de tormenta. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.
























