“Le dijo su señor: Bien, siervo bueno y fiel… entra en el gozo de tu señor” (Mateo 25:23).
Imagina cómo sería vivir un amor sin reservas por Dios: entregarle a Él cada pensamiento, cada actitud, cada deseo del corazón. Este tipo de entrega nos llevaría a una felicidad real y profunda, que no depende de las circunstancias. Y lo más increíble: esa alegría no se detiene, crece con cada paso de obediencia y entrega.
Cada sacrificio hecho por amor al Señor abre puertas espirituales que antes estaban cerradas. Cuando elegimos negarnos algo a nosotros mismos para agradar a Dios, damos un paso más cerca del cielo. Es como si cada renuncia sincera acercara nuestra alma al paraíso eterno. Pero, lamentablemente, muchos aún resisten obedecer la poderosa Ley de Dios porque no logran ver los beneficios. Hay bendiciones que ya se manifiestan aquí en la tierra, pero el mayor regalo es recibir el perdón de los pecados por medio de Jesús y heredar la vida eterna.
Detente y piensa: ¿qué en este mundo puede compararse con la eternidad de completa alegría en la presencia de Dios? Los placeres temporales de este mundo son pequeños, frágiles y pasajeros. Prometen mucho, pero entregan poco. En cambio, el Señor cumple todo lo que promete y ofrece una felicidad que no se desgasta con el tiempo. Por eso, vale la pena renunciar a lo momentáneo por aquello que es eterno. Obedecer a Dios es el único camino que nos lleva a la verdadera realización. -Adaptado de Frances Cobbe. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Querido Dios, te agradezco por llamarme a vivir un amor sin reservas, un amor que entrega cada pensamiento, cada elección y cada deseo a Ti. Qué privilegio es poder amarte de verdad, no con palabras vacías, sino con una vida entera rendida a Tu voluntad. Y cuanto más te obedezco, más te amo, más te conozco y más me siento transformado por ese amor que sana y fortalece.
Padre mío, hoy te pido que me ayudes a renunciar a todo lo que me aleja de Ti. Muéstrame las áreas de mi vida donde aún resisto a Tu Ley, y dame valor para obedecer con sinceridad. Sé que las recompensas de la obediencia son inconmensurables: algunas ya las percibo aquí, pero la mayor de todas es el perdón que recibo en Jesús y la promesa de la vida eterna a Tu lado.
Oh, Santísimo Dios, te adoro y te alabo porque solo Tú ofreces una alegría que no se desgasta y una paz que no se quiebra. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es como un camino luminoso que conduce el alma cansada hasta el trono de la misericordia. Tus mandamientos son como semillas de vida plantadas en el corazón, produciendo frutos eternos de paz, fidelidad y esperanza. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.
























