“El Señor es quien te guarda; el Señor es tu sombra a tu derecha” (Salmos 121:5).
Una de las mayores señales de que realmente nos estamos alineando con el tiempo y el mover de Dios es la presencia constante de calma y paz en el corazón. Las circunstancias pueden cambiar, los desafíos pueden surgir, pero aquel que reconoce la presencia del Señor en cada momento permanece firme. Si Dios viene con la luz del sol, sentimos alegría y alivio. Si Él viene en medio de la tormenta, recordamos que Él es el Señor sobre todas las cosas.
Cuando nos colocamos delante de la presencia del Altísimo, el alma encuentra lo que más desea: un lugar seguro, silencioso y lleno de vida. Pero esa presencia no se alcanza de cualquier manera. Existe un camino, y fue revelado en las Escrituras. La única forma de acercarnos verdaderamente al Señor es mediante la obediencia a Su santa Ley. Ese es el camino que Él mismo estableció. Y cuando elegimos seguirlo, las puertas del cielo se abren y tenemos acceso al Trono de gracia y misericordia.
Es delante de ese Trono donde encontramos todo lo que tanto buscamos: consuelo para los dolores, paz para el alma, liberación de las ataduras y salvación eterna. Allí está el Padre, esperándonos con amor. Y a Su lado está el Hijo, nuestro Salvador, quien nos conduce a ese lugar sagrado cuando decidimos obedecer. No hay otro camino. La verdadera paz y seguridad provienen de la decisión de vivir en fidelidad a la voluntad de Dios. -Adaptado de Thomas C. Upham. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Querido Dios, te agradezco por ser mi paz constante, incluso cuando todo a mi alrededor parece inestable. Cuando reconozco Tu presencia en cada momento, mi corazón encuentra descanso. Gracias por enseñarme que la verdadera calma no viene de la ausencia de problemas, sino de la certeza de que Tú eres Señor sobre todas las cosas, incluso sobre cada desafío que enfrento.
Padre mío, hoy te pido que me ayudes a vivir en fidelidad al camino que Tú revelaste en las Escrituras. Sé que solo por la obediencia a Tu santa Ley puedo realmente acercarme a Tu presencia. Abre mis ojos para entender la profundidad de esta verdad y fortalece mi corazón para recorrer ese camino con firmeza. Que no busque atajos, ni intente alcanzarte con fórmulas humanas, sino que elija seguirte como Tú lo determinaste: con reverencia, entrega y fidelidad.
Oh, Santísimo Dios, te adoro y te alabo porque abriste, por Tu misericordia, el camino que me conduce a Tu Trono de amor. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es como un puente de luz que une el alma cansada con el cielo glorioso. Tus mandamientos son como un río de paz que corre dentro de mí, alimentando mi fe y sosteniendo mi espíritu. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.
























