“No fuisteis vosotros los que me elegisteis a mí; al contrario, yo os elegí a vosotros y os designé para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca” (Juan 15:16).
Dios es un Padre amoroso que nunca deja de llamarnos, incluso cuando nos desviamos del camino. Él nos llama con paciencia y misericordia, deseando que experimentemos la plenitud de la vida que Él ha planeado para nosotros. Desde el principio, somos llamados al arrepentimiento y al bautismo, pero el viaje no termina ahí. Dios continúa invitándonos, día tras día, a caminar más cerca de Él, siguiendo Sus orientaciones que conducen a la verdadera paz y propósito. El llamado del Señor es una prueba constante de Su amor por nosotros, y cada vez que respondemos, nos acercamos más a Su voluntad.
Responder al llamado de Dios no es solo una decisión momentánea, sino un compromiso diario de vivir en obediencia a Su Palabra. Él nos ha dado Sus leyes no para sobrecargarnos, sino para guiarnos hacia la vida eterna. Cuando elegimos obedecer, descubrimos que la obediencia es el camino hacia bendiciones inimaginables y una alegría que el mundo no puede ofrecer. Incluso cuando fallamos, Dios no se rinde con nosotros, pues Él sabe que, en nuestro interior, fuimos creados para andar en Sus caminos y reflejar Su gloria.
Cuando finalmente respondemos al llamado de Dios con firmeza y decidimos vivir una vida de obediencia continua, experimentamos algo maravilloso: Él nos fortalece y nos mantiene en ese camino. El Señor no solo nos llama, sino que también nos capacita para vivir conforme a Su voluntad. Cada paso de obediencia nos acerca más a Sus promesas, y es en ese lugar de fidelidad donde encontramos el verdadero significado de la vida y la garantía de la salvación eterna. -Adaptado de J. H. Newman. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Querido Dios, es verdad que frecuentemente me aparto de Tus caminos y dejo de escuchar Tu llamado. Aun así, Tú, en Tu inmensa paciencia y misericordia, nunca dejas de invitarme a regresar a Ti. Sé que has planeado una vida plena para mí, guiada por Tu verdad y por Tus mandamientos, y que cada paso que doy en respuesta a Tu llamado me acerca más a Tu propósito y a la paz que solo Tú puedes ofrecer.
Padre mío, hoy te pido que me ayudes a vivir en obediencia diaria a Tu Palabra. Quiero acoger Tus leyes no como una carga, sino como una guía que conduce a la vida eterna y a las bendiciones que solo Tú puedes dar. Incluso en mis momentos de fracaso, capacítame para levantarme y permanecer firme en el compromiso de honrarte en todo lo que hago. Enséñame a reflejar Tu gloria a través de mis acciones y a encontrar alegría en el camino estrecho que lleva a Tu presencia.
Oh, Santísimo Dios, te adoro y te alabo por nunca rendirte conmigo y por fortalecerme en mi camino de obediencia. Es Tu fuerza la que obra en mis debilidades y me mantiene fiel, incluso ante las dificultades. Gracias por cada paso de fidelidad que me acerca más a Tus promesas y por la certeza de que en Ti encuentro el verdadero significado de la vida y la garantía de la salvación eterna. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley camina a mi lado en todo momento. Tus mandamientos son más dulces que la miel más dulce. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.
























