“Os he dicho esto para que mi alegría permanezca en vosotros, y vuestra alegría sea completa” (Juan 15:11).
Hay una alegría que surge espontáneamente en el corazón, sin ninguna causa externa o incluso racional. Es como un pozo artesiano que brota sin esfuerzo, una fuente inagotable que emerge de lo más profundo del alma. El corazón se alegra porque no puede evitarlo. Esa es la gloria de Dios, es el corazón de Cristo.
Esa alegría se manifiesta cuando el Padre nos conduce al Hijo, pues decidimos ser fieles a nuestro Dios, eligiendo obedecer Sus poderosos mandamientos, a pesar de todos los obstáculos. Es la alegría de Cristo que nadie puede quitarnos. Aquellos que poseen esa fuente no se desaniman por las circunstancias que los rodean; al contrario, a menudo se sorprenden con una alegría profunda y dulce que surge sin explicación aparente.
Y lo más maravilloso es que esa alegría se vuelve aún más intensa precisamente en los momentos en que todo en nuestra condición y en nuestras circunstancias parece conspirar para llenarnos de sufrimiento y depresión. Es un regalo divino, fruto de la obediencia y la comunión con Dios. Esa alegría trasciende lo natural y nos eleva, recordándonos que nuestra fuerza y paz provienen del Señor, que es fiel y que nunca nos abandona. -Adaptado de A. B. Simpson. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Querido Dios, te agradezco por la alegría divina que brota de lo más profundo del alma, una fuente que nada puede secar ni robar. Reconozco que esa alegría viene de Ti, fruto de la comunión y de la obediencia a Tus poderosos mandamientos. Enséñame, Señor, a buscar esa alegría completa, que trasciende toda circunstancia y me sostiene en los momentos más difíciles.
Padre mío, hoy te pido que llenes mi corazón con esa alegría que Cristo prometió. Que, aun en medio de obstáculos o pruebas, mi fe y fidelidad a Ti sean la fuente de esa paz inexplicable. Ayúdame a recordar que, cuando elijo obedecerte y confiar, Tú me conduces al Hijo, y Su alegría se convierte en mi fuerza y consuelo.
Oh, Santísimo Dios, te adoro y te alabo por ser la fuente inagotable de esa alegría que el mundo no puede dar ni quitar. Gracias por recordarme que, en Ti, encuentro fuerzas, paz y esperanza, incluso cuando todo a mi alrededor parece conspirar contra mí. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley me rodea de seguridad. Para mí, tus mandamientos son joyas preciosas. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.
























