“Porque debajo del cielo no existe ningún otro nombre, dado entre los hombres, por el cual debamos ser salvos” (Hechos 4:12).
En este mundo extraño en el que vivimos, las personas intentan de todo y se apoyan en todo tipo de cosas. Algunos confían en su propio nombre, mientras que otros depositan su confianza en el nombre de otra persona. Sin embargo, todo lo que el hombre hace en su propio nombre terminará en ruina. Sin Dios, nuestra inteligencia nos engaña y nuestro poder nos confunde. Y confiar en el nombre de otro hombre es aún más frágil. Por más fuerte que alguien parezca, no es más que carne, y al polvo volverá.
Debemos confiar solamente en Dios y en Jesús. Las promesas del Señor están destinadas a todos los que se apoyan exclusivamente en Él, y esa confianza se demuestra cuando el alma decide vivir en obediencia a Sus mandamientos. La obediencia no es solo una señal de fe, sino también la base de una vida alineada con la voluntad divina, que nos permite experimentar la verdadera fuerza y dirección de Dios.
Quien se apoya en el Señor nunca estará desamparado, y todo lo que haga prosperará, como está escrito: "Es como un árbol plantado junto a corrientes de aguas… todo lo que hace prosperará" (Salmos 1:3). La verdadera prosperidad no proviene de confiar en los hombres o en nosotros mismos, sino de caminar en obediencia y fe en el único que puede sostener y guiar nuestras vidas. -Adaptado de Henry Müller. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Querido Dios, reconozco que en este mundo tan confuso e inestable, muchas veces soy tentado a confiar en mi propia fuerza o en la de otros. Sin embargo, sé que sin Ti, nada de lo que hago puede prosperar. Ayúdame a depositar toda mi confianza en Ti y en Tu Hijo, Jesús, pues solo en Ti encuentro dirección, fuerza y verdadera seguridad.
Padre mío, hoy te pido que fortalezcas mi fe para que confíe plenamente en Tus promesas. Dame la sabiduría para obedecer Tus mandamientos y alinea mi corazón con Tu voluntad. Que mi vida sea como un árbol plantado junto a las aguas, siempre nutrido por Tu presencia y capaz de dar fruto en el tiempo correcto, para Tu gloria.
Oh, Señor fiel, te alabo porque aquellos que confían en Ti nunca quedan desamparados. Gracias por ser mi sustento, mi fortaleza y la fuente de verdadera prosperidad. Enséñame a vivir cada día con la certeza de que, al caminar Contigo en obediencia y fe, estoy siempre seguro en Tus manos. Tu Hijo amado es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley tiene un lugar reservado en mi corazón. Tus mandamientos son como el rocío que refresca mi alma en las mañanas del desierto. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.
























