Devocional Diario: Que las palabras de mi boca y la meditación de mi...

“Que las palabras de mi boca y la meditación de mi corazón sean agradables a ti, Señor, mi Roca y mi Redentor.” (Salmos 19:14).

Existe un tipo de silencio que va más allá de no hablar mal de los demás: es el silencio interior, especialmente sobre uno mismo. Ese silencio exige que la persona controle su imaginación — evitando revivir lo que escuchó o dijo, o perderse en pensamientos fantasiosos, ya sea sobre el pasado o el futuro. Es una señal de progreso espiritual cuando la mente aprende a concentrarse solo en lo que Dios ha puesto delante de ella en el momento presente.

Los pensamientos dispersos siempre surgirán, pero es posible impedir que dominen el corazón. Es posible alejarlos, rechazar el orgullo, la irritación o los deseos terrenales que los alimentan. El alma que aprende este tipo de disciplina comienza a experimentar el silencio interior — no un vacío, sino una paz profunda, donde el corazón se vuelve sensible a la presencia de Dios.

Sin embargo, este dominio de la mente no se logra solo por la fuerza humana. Nace de la obediencia a la poderosa Ley de Dios y a la práctica de Sus perfectos mandamientos. Son ellos los que purifican los pensamientos, fortalecen el corazón y crean en cada alma un espacio donde el Creador puede habitar. Quien vive así descubre una comunión íntima con Dios que lo transforma todo. -Adaptado de Jean Nicolas Grou. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.

Ora conmigo: Señor mi Dios, te agradezco porque te importa no solo mis acciones, sino también mis pensamientos. Tú conoces todo lo que pasa dentro de mí, y aun así me llamas a estar Contigo.

Enséñame a guardar el silencio interior. Ayúdame a controlar mi mente, a no perderme en recuerdos inútiles ni en deseos vacíos. Dame enfoque en lo que realmente importa — la obediencia a Tu voluntad, el servicio fiel que has puesto delante de mí, y la paz que viene cuando te busco con sinceridad.

Oh, Santísimo Dios, te adoro y te alabo porque me atraes hacia Ti, incluso cuando mi mente se dispersa. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es como un muro de protección que guarda mis pensamientos y purifica mi corazón. Tus maravillosos mandamientos son como ventanas abiertas que dejan entrar la luz del cielo en mi alma. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.



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