“No dejes de hablar las palabras de este Libro de la Ley y de meditar en ellas de día y de noche, para que cumplas fielmente todo lo que en él está escrito. Sólo entonces tus caminos prosperarán y tendrás éxito” (Josué 1:8).
Meditar en la Palabra de Dios va mucho más allá de separar un momento del día para oraciones o lecturas. La verdadera meditación ocurre mientras vivimos — cuando permitimos que las verdades divinas moldeen nuestras decisiones, respuestas y actitudes a lo largo de la vida cotidiana. El justo no actúa por impulso, sino que responde a la vida basándose en la sabiduría que viene de lo alto, pues sus pensamientos están sintonizados con lo que el Señor ya ha revelado.
Aun cuando la Biblia no ofrece instrucciones directas para ciertas situaciones, aquel que se alimenta diariamente de las verdades del Señor logra discernir el camino correcto a seguir. Esto sucede porque ha grabado los maravillosos mandamientos de Dios en su corazón, y allí producen fruto. La Ley divina no solo es conocida — se vive en cada paso, ya sea en la rutina sencilla o en los momentos difíciles.
Dios solo revela Sus planes a los obedientes. Y cuando dejamos que los magníficos mandamientos del Señor gobiernen nuestras elecciones diarias, abrimos espacio para ser guiados, fortalecidos y enviados al Hijo. Que hoy y todos los días nuestra mente permanezca conectada con las palabras del Padre, y que nuestras acciones confirmen la fe que profesamos. -Adaptado de Joseph Blenkinsopp. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Padre eterno, que Tu Palabra esté viva en mí en cada pequeño detalle de mi rutina. Que no te busque solo en momentos separados, sino que aprenda a escuchar Tu voz durante todo mi día, en cada paso que dé.
Enséñame a reaccionar a la vida con sabiduría, recordando siempre lo que el Señor ya ha dicho. Escribe Tus enseñanzas en mi corazón, para que no me desvíe de Tu camino, incluso cuando no haya respuestas fáciles.
Oh, mi amado Dios, te agradezco por enseñarme que meditar en Tu Palabra es vivir contigo en todo momento. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es un tesoro diario que ilumina mis pensamientos. Tus mandamientos son faros que me mantienen seguro en cada decisión. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.