Devocional Diario: Clama a Mí, y te responderé, y te anunciaré cosas...

“Clama a Mí, y te responderé, y te anunciaré cosas grandes y firmes que no conoces” (Jeremías 33:3).

Cuando hay vida en nuestro interior, siempre se manifiesta — incluso en suspiros, gemidos o clamores silenciosos. El alma que ha sido tocada por el Dios vivo no puede acomodarse en medio de la frialdad del pecado o la inercia espiritual. Lucha, gime, busca aire. Y aun asfixiada por la carne y el peso de la vieja naturaleza, la vida que vino de lo alto se niega a permanecer callada. Intenta romper, intenta levantarse, intenta liberarse de ese cuerpo de muerte que insiste en asfixiarla.

Este conflicto interior es una señal de que algo precioso habita en nosotros. Y es precisamente en esta batalla donde se revela la importancia de obedecer los sublimes mandamientos de Dios. Es la obediencia a Su poderosa Ley la que fortalece la vida implantada por Él en nuestro corazón. Mientras la naturaleza carnal intenta mantenernos atados a la tierra, los mandamientos del Señor nos elevan, recordándonos quiénes somos y hacia dónde debemos ir.

El Padre bendice y envía a los obedientes al Hijo para perdón y salvación. No te desesperes ante las luchas internas — si hay vida, hay esperanza. Sigue buscando, clamando, obedeciendo… y el Señor, que ve en secreto, oirá y actuará. Él mismo fortalecerá la vida que plantó en ti, hasta que venza todo lo que intenta asfixiarla. -Adaptado de J.C. Philpot. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.

Ora conmigo: Señor Dios, sólo Tú conoces las batallas que ocurren dentro de mí. A veces, me siento como alguien intentando respirar bajo un peso inmenso, pero aun así sigo clamando, porque sé que hay vida en mí, y esa vida vino de Ti.

Dame fuerzas para luchar contra todo lo que intenta atarme a lo que es terrenal, frío y vacío. Reaviva en mí el deseo de obedecerte, incluso cuando mis fuerzas parecen pequeñas. Que nunca me conforme con el silencio del alma, sino que siga buscándote con sinceridad.

Oh, amado Padre, te agradezco por encender en mí la chispa de la verdadera vida. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es el aliento que vigoriza mi espíritu abatido. Tus mandamientos son cuerdas de luz que me sacan de la oscuridad. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.



Compartir