“Mira que hoy te propongo la vida y el bien, la muerte y el mal… Escoge, pues, la vida” (Deuteronomio 30:15,19).
Dios nos da algo que es al mismo tiempo un regalo y una responsabilidad: el poder de elegir. Desde el inicio de nuestro caminar, Él se acerca y pregunta: “Pide lo que quieras que Yo te dé.” La vida no es una corriente que nos lleva a la deriva — es un campo de decisiones, donde cada elección revela lo que hay en el corazón. Ignorar este llamado o simplemente negarse a elegir ya es, en sí mismo, una elección. Y lo que define nuestro destino no son las circunstancias a nuestro alrededor, sino la dirección que decidimos tomar ante ellas.
Pero esta elección no se hace en el vacío — debe estar fundamentada en la obediencia al maravilloso camino trazado por Dios. Él no solo nos da el derecho de elegir, sino que también nos muestra el rumbo correcto a través de Sus fantásticos mandamientos. Cuando alguien intenta vivir a su manera, desconsiderando la voz del Creador, la vida se convierte en pérdida, y el alma se va apagando. Sin embargo, cuando elegimos obedecer, incluso en medio de la lucha, nos volvemos invencibles, pues ningún mal puede derribarnos sin nuestro permiso.
El Padre bendice y envía a los obedientes al Hijo para perdón y salvación. Hoy, ante el llamado divino, elige con sabiduría. Elige obedecer, vivir y vencer — porque el camino de Dios es el único que conduce a la vida plena. -Adaptado de Herber Evans. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Padre justo, ante Tu voz que me invita a elegir, me postro en reverencia. No quiero vivir como alguien que huye de la responsabilidad de decidir, sino como quien entiende el peso y la belleza de seguirte con verdad.
Pon en mí el valor de decir sí a Tu voluntad y no a los caminos que solo parecen buenos. Enséñame a elegir con sabiduría, con fe y con obediencia, pues sé que solo en Ti está la verdadera victoria.
Oh, Señor amado, te agradezco por darme la libertad de elegir y también los caminos correctos a seguir. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es una antorcha encendida en medio de las encrucijadas de la vida. Tus mandamientos son anclas firmes que mantienen mi alma segura en tiempos de decisión. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.