"Y si mi pueblo, que es llamado por mi nombre, se humilla, y ora, y me busca, y se convierte de sus malos caminos, entonces yo oiré desde los cielos, perdonaré sus pecados y sanaré su tierra" (2 Crónicas 7:14).
A veces, para acercarnos a Dios y tener una comunión verdadera con Él, necesitamos hacer algunas confesiones sinceras. No sirve de nada desear la bendición si estamos reteniendo pecados en el corazón, sin disposición para admitirlos y abandonarlos. Es como una botella bien tapada bajo la catarata del Niágara: el agua está ahí en abundancia, pero nada entra mientras no se quite la tapa. Los hombres que tuvieron verdadero poder con Dios en la oración siempre comenzaron confesándolo todo, como Jeremías y Daniel, que aun sin grandes faltas registradas, humildemente ponían el pecado delante del Señor.
Para que esa confesión sea completa y nos conduzca a la victoria, necesita ir de la mano con la obediencia a los mandamientos brillantes y majestuosos del Padre. Obedecer no es opcional; es lo que quita los obstáculos, abre el camino a las bendiciones y permite que el Padre nos envíe al Hijo para el perdón pleno y la restauración.
Entonces, detente ahora mismo y pregúntale a Dios qué necesita ser confesado y abandonado hoy. Hazlo con honestidad, decide obedecer Sus mandamientos en todo y verás cómo la comunión con Él se vuelve profunda y poderosa. Ese es el camino práctico para recibir todo lo que Dios ha preparado para ti. Adaptado de D. L. Moody. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Padre querido, gracias porque el Señor no se aparta de nosotros por causa de nuestros errores, sino que nos invita a la confesión para acercarnos más a Ti. Ayúdame a tener el coraje de mirar dentro de mi corazón y sacar a la luz todo lo que aún Te desagrada.
Concédeme, Señor, humildad para confesar sin justificaciones, disposición para abandonar el pecado de una vez por todas y un ardiente deseo de obedecer Tus mandamientos con alegría.
Oh, Dios mío amado, yo Te agradezco por enseñar que la confesión sincera abre las puertas para Tu presencia abundante. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es llama pura que limpia e ilumina mi vida. Tus mandamientos son camino de libertad que me llevan directo a Tu corazón. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.
























