“Por lo tanto, sean fuertes y valientes, todos ustedes que ponen su esperanza en el Señor.” (Salmos 31:24).
Oh, mi amigo, no fijes tus ojos en los obstáculos que se levantan en tu camino. Aunque parezcan amenazadores, como un león listo para atacar, ¿no es el Señor más fuerte que cualquier barrera? Mira dentro de ti, donde la ley de la vida está escrita y la voluntad del Señor es revelada. Allí encontrarás la claridad sobre lo que el Señor desea de ti. Confía en Él y obedece Su poderosa Ley con todas tus fuerzas.
Si te dedicas a estos dos pasos —confiar y obedecer— descubrirás que nada podrá detenerte. Tu alma se elevará como las alas de un águila, y todo miedo perderá el poder de paralizarte. La fuerza que viene de Dios no solo elimina los temores, sino que también renueva tu valentía, llenándote de paz y determinación.
Recuerda, el Señor nunca abandona a quienes confían plenamente en Él. Los desafíos pueden parecer grandes, pero Él es más grande. Mira al cielo, aférrate a la voluntad divina y avanza con fe. Es en esa entrega donde encontrarás la verdadera libertad y la fuerza para enfrentar cualquier cosa. —Adaptado de Isaac Penington. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Querido Dios, ayúdame a no fijar mis ojos en los obstáculos que se levantan delante de mí, sino a confiar plenamente en Tu fuerza, que es mayor que cualquier barrera. Dame la claridad para entender Tu voluntad escrita en mi corazón y el valor para obedecerte con todo mi ser, sabiendo que eres fiel para sostenerme en toda situación.
Padre mío, hoy te pido que renueves mis fuerzas y elimines todo miedo que intenta paralizarme. Que mi alma se eleve por encima de las dificultades, con la confianza de que Tú estás a mi lado, llenándome de paz y determinación. Enséñame a vivir cada día con obediencia y fe, avanzando con la certeza de que nada puede detenerme cuando estoy firme en Ti.
Oh, Santísimo Dios, te adoro y te alabo por ser más grande que cualquier desafío que pueda enfrentar. Gracias por nunca abandonarme y por darme la libertad y la fuerza para seguir adelante, incluso en las situaciones más difíciles. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley me ha sido fiel, guiándome en esta vida tumultuosa. Todos tus mandamientos me dan alegría, por eso siempre medito en ellos. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.
























