"Entonces Jesús se levantó y reprendió al viento y al mar. Y el viento se calmó, y todo quedó perfectamente tranquilo" (Marcos 4:4).
Un verdadero cristiano, que posee dominio sobre su propia voluntad, puede vivir de manera noble y feliz, disfrutando de un cielo claro y sereno en su mente, incluso en las circunstancias más desafiantes. Cuando el mar de este mundo está más agitado y tempestuoso a su alrededor, él permanece seguro, anclado en el puerto de la sumisión dulce y plena a la voluntad de Dios. Estar en armonía con la voluntad divina significa obedecer Sus mandamientos, pues es a través de ellos que la voluntad de Dios se revela de manera más clara.
Esa alma, alineada con la voluntad del Señor, no permite que las injusticias y los malos tratos de esta vida disminuyan su alegría o su contentamiento. Quien tiene dominio sobre su propia voluntad no se siente sacudido por las presiones externas ni encuentra conflictos internos. Vive en paz, anclado en la certeza de que está caminando según los propósitos de Dios, independientemente de las circunstancias a su alrededor.
Y, cuando llega el momento en que Dios lo llama de este estado mortal, encuentra dentro de sí la fuerza para entregar su vida, no como algo arrancado de él, sino como una ofrenda voluntaria y tranquila. Para ese cristiano, vivir y morir son igualmente un acto de adoración, pues toda su vida ha sido moldeada por la obediencia y la rendición a la perfecta voluntad del Padre. -Adaptado de Dr. John Smith. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Querido Dios, enséñame a vivir con un corazón totalmente sometido a Tu voluntad, encontrando paz y alegría incluso en las tormentas más intensas. Que pueda aprender a controlar mi propia voluntad, alineándola a Tus mandamientos, y a descansar en la certeza de que estoy seguro en el puerto de Tu propósito.
Padre mío, hoy te pido que me concedas la bendición de no ser sacudido por las injusticias o dificultades que encuentro. Que viva en armonía Contigo, permaneciendo en paz en medio de las presiones externas y confiando en que, al obedecerte, estoy caminando según Tus planes perfectos.
Oh, Santísimo Dios, te adoro y te alabo por la paz y la fuerza que vienen de un corazón entregado a Tu voluntad. Gracias por ser mi ancla y mi refugio, guiándome en cada paso de este viaje terrenal. Tu Hijo amado es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley nunca deja de guiarme en el camino que me lleva a Ti. No puedo dejar de meditar en Tus hermosos mandamientos. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.
























