Devocional Diario: Todos tus hijos serán enseñados por el Señor; y será...

“Todos tus hijos serán enseñados por el Señor; y grande será la paz de tus hijos” (Isaías 54:13).

El gran paso y el camino directo hacia el temor reverente y la admiración ante Dios es la meditación y el recogimiento silencioso. Es en ese estado de calma e introspección donde los ojos de la mente se vuelven hacia el interior. Allí, con un espíritu sumiso, aguardamos en las puertas del templo de la Sabiduría, buscando oír la voz divina. En ese momento, la luz y el poder discernidor de Dios se manifiestan en el centro del alma, trayendo claridad y propósito.

Es en ese encuentro íntimo con el Señor donde Él nos llama a la decisión más importante: seguir plenamente Sus santos mandamientos. Esta es la elección que lleva al cielo, la única senda que conduce a la verdadera paz, a la felicidad duradera y a la vida eterna.

Solamente en la obediencia a las leyes divinas encontramos el camino para vivir en armonía con Dios y con nosotros mismos. No hay otro camino hacia la verdadera paz y alegría. Cuando respondemos a este llamado con valentía y fidelidad, descubrimos que el viaje de la vida se convierte en un reflejo de la gracia y la presencia del Señor, conduciéndonos a la eternidad con Él. -Adaptado de Thomas Tryon. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.

Ora conmigo: Querido Dios, enséñame a encontrar momentos de silencio y recogimiento en medio de las agitaciones de la vida, para que pueda volver los ojos de mi corazón hacia Ti. Que, en ese estado de calma, esté listo para escuchar Tu voz y recibir Tu luz, que trae claridad y propósito a mi alma. Ayúdame a buscar Tu sabiduría con un espíritu sumiso, dispuesto a seguir el camino que tienes para mí.

Padre mío, hoy te pido valentía y fidelidad para obedecer plenamente Tus santos mandamientos. Que mi vida sea una entrega total a Tu voluntad, un reflejo de la fe que pongo en Ti. Dame la fuerza para elegir Tu ley por encima de todo, sabiendo que es el único camino hacia la verdadera paz, alegría y vida eterna.

Oh, Santísimo Dios, te adoro y te alabo por ser la fuente de toda bondad y propósito. Gracias por Tu presencia transformadora, que da sentido a mi existencia. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es el faro que ilumina mis pasos. Tus mandamientos son más dulces que la miel más dulce. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.



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