Devocional Diario: Nuestra ciudadanía, sin embargo, está en los cielos, de donde...

“Nuestra ciudadanía, sin embargo, está en los cielos, de donde esperamos ansiosamente al Salvador, el Señor Jesucristo” (Filipenses 3:20).

Nuestra ciudadanía está en el cielo, y necesitamos ver todo en la tierra como algo temporal. “Todas estas cosas desaparecieron como una sombra”, y todos nosotros también desapareceremos junto con ellas. No te apegues a ellas, pues esto puede aprisionar tu alma y llevarte a la perdición. Mantén tus pensamientos enfocados en el Altísimo y en Jesús, sin cesar, recordando que nuestra verdadera morada está con el Padre.

Debemos enfocarnos no en los pocos años que tenemos aquí, sino en la eternidad al lado de Dios y de Jesús. Por eso, tiene todo el sentido buscar en oración lo que Dios desea de nosotros, y lo que Él desea es simple y claro: nuestra obediencia a todo lo que fue revelado por los profetas y por Jesús. Esta es la clave para vivir en armonía con el plan eterno de Dios.

Cuando ajustamos nuestro corazón a la voluntad del Padre, nuestras prioridades cambian. Pasamos a vivir con los ojos puestos en la eternidad, y no en las cosas pasajeras de este mundo. Obedecer lo que Dios ha revelado no es solo un deber, sino una expresión de amor y confianza en Él, y así es como nos preparamos para lo que realmente importa: la vida eterna al lado del Señor. -Adaptado de Tomás de Kempis. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.

Ora conmigo: Querido Dios, te agradezco por recordarme que mi verdadera ciudadanía está en el cielo, y que todas las cosas de la tierra son pasajeras. Ayúdame a mantener mi corazón y mis pensamientos fijos en Ti y en Tu Hijo, Jesús, para que no me apegue a lo que es temporal, sino que viva en preparación para la eternidad a Tu lado.

Padre mío, hoy te pido que alinees mi corazón a Tu voluntad, enseñándome a vivir en obediencia a lo que has revelado por medio de los profetas y de Jesús. Que mis prioridades reflejen lo que es eterno y no lo que es transitorio. Dame la sabiduría y la fuerza para cumplir Tus mandamientos como una expresión de amor y confianza en Ti.

Oh, Santísimo Dios, te alabo por Tu promesa de una morada eterna a Tu lado. Gracias por recordarme lo que realmente importa y por guiarme en el camino de la vida. Que mi obediencia y fidelidad sean una demostración de la esperanza que tengo en Tu gloria futura, mientras espero, con alegría, el día en que estaré Contigo para siempre. Tu Hijo amado es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu ley es mi faro fiel en mi caminar. Tus mandamientos son tesoros de gran valor que guardo con esmero, pues en ellos encuentro la verdadera felicidad. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.



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