“Saca mi alma de la prisión, para que alabe tu nombre” (Salmos 142:7).
Yo también conozco las prisiones del alma, y sólo el Señor puede liberarme de ellas. Está la prisión del pecado, un lugar oscuro y sofocante, donde la luz no entra y el aire de la mañana parece inalcanzable. Es un agujero atormentado por formas horribles, como si mis propias iniquidades hubieran cobrado vida, tomando formas aterradoras y repulsivas que me atormentan. Nadie, excepto el Señor, puede sacarme de esa prisión, pues sólo Él tiene la llave que rompe las cadenas del pecado y trae verdadera liberación.
Y también está la prisión de la tristeza, donde mis dolores me rodean como muros fríos y asfixiantes, sin ventanas que dejen entrar la luz, ni puertas que me permitan escapar. La tristeza se convierte en una celda solitaria, y cada lágrima parece ser un ladrillo más que refuerza los muros a mi alrededor. Pero Dios, en Su misericordia, no nos deja presos para siempre. Él es el libertador de aquellos que se vuelven a Él de corazón, que se arrepienten y buscan vivir en obediencia a Su santa y perfecta Ley.
Las prisiones que enfrentamos en la vida, sean de pecado, tristeza o cualquier otro tipo, tienen un origen común: la negativa a obedecer a Dios. Pero la buena noticia es que la obediencia es la llave para la libertad. Cuando decidimos, con sinceridad, volvernos a Dios, arrepentirnos y obedecer Sus mandamientos, todo cambia. Dios, en Su gran amor, envía a Sus ángeles para romper las cadenas que nos atan, abriendo las puertas que nos llevan a la verdadera liberación. Él nos conduce a Jesús, que es el camino para la salvación, la liberación plena y la vida eterna. En la obediencia encontramos no sólo libertad, sino también la paz y la presencia restauradora de Dios. -Adaptado de J. Jowett. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Querido Dios, es verdad que sólo Tú puedes liberarme de las prisiones del alma que me rodean. Reconozco que la prisión del pecado es un lugar oscuro y opresivo, donde mis iniquidades parecen cobrar vida para atormentarme, y que sólo Tú, con Tu poderosa llave, puedes romper esas cadenas y traer luz a la oscuridad.
Padre mío, hoy te pido que me ayudes a salir de esas prisiones, dándome fuerza para arrepentirme y seguir en obediencia a Tu santa Ley. Enséñame a confiar en Tu sabiduría y a buscar refugio en Tu presencia. Que tenga el valor de entregarte mis dolores, mis errores y todo el peso que llevo, sabiendo que sólo Tú puedes romper las cadenas y abrir las puertas hacia la libertad.
Oh, Santísimo Dios, te adoro y te alabo porque, en Tu gran amor, no me dejas preso para siempre. Gracias por ser el libertador de las almas que se arrepienten y se vuelven a Ti en obediencia. Te alabo porque en Tu presencia encuentro paz, libertad y restauración. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es el puente confiable que me ayuda a cruzar aguas peligrosas. Cada uno de Tus mandamientos es más hermoso que el otro. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.
























