“En el mundo tendréis aflicciones; pero confiad; yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).
Es bueno que, a veces, enfrentemos problemas y adversidades, pues esto nos lleva a mirar dentro de nosotros mismos y reconocer que somos exiliados, cuyo verdadero hogar y esperanza no están en este mundo. Estas dificultades nos recuerdan que nuestras expectativas no deben estar ancladas en cosas terrenales, sino en Dios y en Sus promesas eternas.
Es bueno que, de vez en cuando, suframos reveses o que seamos malinterpretados, incluso cuando nuestras intenciones son puras. Estas experiencias son herramientas valiosas para cultivar la humildad en nuestros corazones. Nos impiden volvernos orgullosos y autosuficientes. En esas circunstancias, buscamos en Dios el testimonio de nuestra conciencia, pues, cuando somos despreciados y desacreditados externamente, aprendemos a depender de Él para validación y fortaleza.
Solamente por la obediencia a las leyes de Dios encontramos verdadera intimidad con Él. Y es en esa obediencia que Él nos eleva por encima de las tribulaciones de este mundo. En comunión con Dios, las dificultades presentes pierden su fuerza, y nuestra alma se fortalece, caminando hacia el propósito eterno que Él ha reservado para nosotros. -Adaptado de Tomás de Kempis. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Querido Dios, Te agradezco por las dificultades que enfrento, pues me recuerdan que este mundo no es mi hogar definitivo. Ayúdame a mantener mis ojos fijos en Tus promesas eternas y a confiar en que cada adversidad tiene un propósito en Tu soberana voluntad. Enséñame a buscar en Ti la fuerza y la paz que el mundo no puede ofrecer.
Padre mío, hoy Te pido que uses los reveses y malentendidos para cultivar humildad en mi corazón. Líbrame del orgullo y de la autosuficiencia, y ayúdame a depender enteramente de Ti para validación y dirección. Que aprenda a obedecerte, aun en las circunstancias más difíciles, sabiendo que mi fidelidad a Ti es la fuente de verdadera intimidad y fortaleza.
Oh, Santísimo Dios, te adoro y te alabo por ser mi refugio en medio de las tribulaciones. Gracias por usar incluso los momentos de sufrimiento para moldear mi corazón y acercarme más a Ti. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es un soporte confiable en mi vida. No puedo dejar de meditar en Tus hermosos mandamientos. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.