"¿He estado tanto tiempo contigo, y aún no me conoces?" (Juan 14:9).
Estas palabras de Jesús a Felipe no fueron dichas con reproche, ni con sorpresa, sino como una orientación amorosa. Los discípulos conocían a Jesús en parte, como Aquel que les daba poder sobre demonios y que provocaba avivamientos, pero aún no lo conocían íntimamente.
Toda la disciplina de la vida tiene un propósito: capacitarnos para una relación íntima con Dios Padre y con Jesucristo. Pero esa intimidad no se concede al azar; viene de la fidelidad a las instrucciones divinas. Quien no sigue los mandamientos de Dios no puede ser íntimo de Él, porque la verdadera comunión con el Creador exige sumisión y obediencia. Obedecer es la prueba máxima de que realmente conocemos a Dios y de que lo amamos.
Aquel que decide, de una vez por todas, obedecer al Señor, sin reservas, se vuelve cercano a Él, un amigo íntimo. Y esa amistad trae consigo todos los privilegios de la fidelidad: bendiciones sin medida, protección constante y, lo más importante, la salvación. Dios no esconde Su corazón de aquellos que lo buscan sinceramente. Él se revela a los que le obedecen, y estos pasan a caminar en Su presencia, experimentando una comunión inigualable con el Padre y el Hijo. No basta saber sobre Dios; es necesario vivir en obediencia para verdaderamente conocerlo. -Adaptado de O. Chambers. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Querido Dios, es verdad que no basta solo saber sobre Ti; es necesario vivir en obediencia para verdaderamente conocerte. Quiero más que solo conocer Tus hechos; deseo conocerte de verdad, caminar Contigo y experimentar Tu presencia en mi vida.
Padre mío, hoy te pido que me enseñes a ser fiel a Tus instrucciones, pues sé que la verdadera intimidad Contigo viene de la obediencia. No quiero solo admirar Tus obras, sino vivir según Tu voluntad, probando la alegría de estar cerca de Ti. Dame un corazón dispuesto a seguir Tus mandamientos sin reservas, pues sé que la obediencia es la prueba máxima del amor verdadero.
Oh, Santísimo Dios, te adoro y te alabo porque no escondes Tu corazón de aquellos que te buscan sinceramente. Gracias por revelarte a los que eligen obedecerte y por permitir que quienes caminan Contigo disfruten de una comunión profunda y transformadora. Que mi vida esté marcada por esa fidelidad, para que pueda conocerte cada día más y experimentar Tu presencia y Tus bendiciones. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley me acompaña todo el tiempo y ha sido una amiga fiel. Tus mandamientos son como el sendero seguro que guía mis pasos a través de las incertidumbres de la vida. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.