“Me alegraré grandemente por tu amor, porque viste mi aflicción y conociste la angustia de mi alma” (Salmos 31:7).
Dios conoce completamente a cada ser humano. Ni siquiera el pensamiento más oculto, aquel que la propia persona evita enfrentar, está escondido de Sus ojos. A medida que alguien comienza a conocerse de verdad, empieza a verse a sí mismo más como Dios lo ve. Y entonces, con humildad, comienza a entender los propósitos del Señor en su vida.
Cada situación — cada retraso, cada deseo no cumplido, cada esperanza frustrada — tiene un motivo exacto y un lugar preciso en el plan de Dios. Nada es por casualidad. Todo está perfectamente ajustado al estado espiritual de la persona, incluyendo partes de su interior que ni siquiera ella conocía hasta entonces. Hasta que llegue ese entendimiento, es necesario confiar en la bondad del Padre y aceptar, con fe, todo lo que Él permite.
Ese viaje de autoconocimiento debe ir de la mano con la obediencia a la poderosa Ley de Dios y a Sus maravillosos mandamientos. Porque cuanto más un alma se somete a lo que el Señor ordena, más se alinea con la verdad, más se conoce a sí misma y más se acerca al Creador. Conocerse a uno mismo, obedecer con fidelidad y confiar plenamente — ese es el camino para conocer verdaderamente a Dios. -Adaptado de Edward B. Pusey. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Señor mi Dios, te alabo porque Tú me conoces profundamente. Nada en mí está oculto para Ti, ni siquiera los pensamientos que intento evitar. Tú examinas mi corazón con perfección y amor.
Ayúdame a obedecerte de verdad, incluso cuando no entiendo tus caminos. Dame humildad para aceptar tus correcciones, paciencia para esperar tus tiempos y fe para confiar en que todo lo que permites es para mi bien. Que cada dificultad me revele algo sobre mí que necesito transformar, y que cada paso de obediencia me acerque más a Ti.
Oh, Santísimo Dios, te adoro y te alabo porque, aun conociendo cada parte de mi ser, no te rindes conmigo. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es el espejo que revela mi alma y me guía firmemente en tu luz. Tus mandamientos son como llaves de oro que abren los secretos de tu santidad y de la verdadera libertad. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.