"Abraham obedeció ese mismo día, como Dios le había dicho" (Génesis 17:23).
"Abraham obedeció ese mismo día." Aquí está la verdad simple: la obediencia inmediata es la única obediencia que cuenta; posponer es pura desobediencia. Cuando Dios nos llama a seguir Su Ley, revelada por los profetas y por Jesús, Él está estableciendo una alianza: nosotros cumplimos nuestro deber, y Él responde con bendiciones especiales. No hay término medio: obedecer “ese mismo día”, como Abraham, es el camino para recibir lo que Dios promete.
Muchas veces, postergamos el deber y, después, intentamos cumplirlo de la mejor manera posible. Claro, es mejor que nada, pero no te engañes: es una obediencia mutilada, a medias, que nunca trae la bendición completa que Dios planeó. Un deber postergado es una oportunidad perdida, porque Dios honra a quien actúa rápido, a quien confía y obedece sin dudar.
Así que aquí está el desafío: cuando Dios hable, obedece de inmediato. No dejes para mañana lo que Él te pidió hoy. Abraham no esperó, no negoció: actuó ese mismo día, y las bendiciones de Dios lo siguieron. Decide vivir así, obedeciendo la Ley de Dios sin demora, y verás las manos de Él moverse en tu vida con poder y propósito que no tienen precio. -Adaptado de C. G. Trumbull. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Querido Dios, confieso que, muchas veces, ofrezco una obediencia mutilada, a medias, en vez de actuar ese mismo día, como Abraham, que no dudó ante Tu llamado. Hoy reconozco que posponer es desobediencia, y te pido que me ayudes a obedecer inmediatamente a Tu Ley, confiando en que así recibo las bendiciones especiales de Tu alianza.
Padre mío, hoy te pido que me des un corazón dispuesto a actuar rápido, sin negociar ni esperar, siguiendo el ejemplo de Abraham que obedeció de inmediato y vio Tu mano moverse en su vida. Enséñame a no dejar para mañana lo que Tú me pides hoy, para que no pierda las oportunidades que has preparado para mí. Te pido que me guíes a cumplir mi deber sin demora, afirmándome en Tu Palabra revelada por los profetas y por Jesús, para que viva en la plenitud de Tus promesas.
Oh, Santísimo Dios, te adoro y te alabo por honrar a quienes obedecen sin dudar, trayendo poder y propósito a sus vidas, como hiciste con Abraham al responder a su obediencia inmediata. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es el llamado que me impulsa a la acción. Tus mandamientos son llamas que encienden mi urgencia, un cántico de fidelidad que resuena en mi alma. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.
























