“Bienaventurado el hombre que no anda en el consejo de los impíos… Antes, en la ley del Señor está su delicia, y en su ley medita de día y de noche” (Salmos 1:1-2).
No te aferres a las cosas terrenales: cuidados, placeres, ansiedades o trabajos, si deseas tener una esperanza fuerte y elevada en Dios. Eleva tus preocupaciones y tu corazón al Señor, pues solo en Él puede encontrarse la verdadera esperanza. Examina qué es lo que en tu vida es más desagradable a Dios, ya que esas cosas son las que mantienen tu esperanza atada a la tierra. Con la fuerza que viene del Señor, enfrenta esas barreras con determinación hasta que cedan. Cuando eso suceda, tu esperanza se elevará, acompañada de un corazón agradecido al Dios que libera.
Dios siempre socorre al alma dispuesta a cambiar y a comenzar a vivir en obediencia a Su poderosa Ley. Su Ley es poderosa porque proviene directamente de Dios, la única fuente de verdadero poder. Cuando nos alineamos con los mandamientos del Señor, experimentamos una transformación que nos permite vivir con libertad, fuerza y esperanza renovada. Cada paso de obediencia nos acerca al propósito que Dios tiene para nuestras vidas.
La verdadera esperanza nace de la entrega a lo que es eterno, a lo que viene del propio Dios. No permitas que las distracciones o los pesos de este mundo roben tu confianza en el Señor. Al obedecer Sus leyes y confiar en Su poder, encontrarás fuerza para superar cualquier obstáculo y verás crecer tu esperanza, sostenida por la gracia y la fidelidad del Padre celestial. -Adaptado de Edward B. Pusey. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Querido Dios, ayúdame a no aferrarme a las cosas de este mundo que tantas veces roban mi paz y oscurecen mi esperanza. Enséñame a elevar mi corazón y mis preocupaciones a Ti, confiando en que solo en Tu presencia encuentro la verdadera libertad. Muéstrame las barreras en mi vida que te desagradan y dame fuerza para enfrentarlas con determinación, sabiendo que la victoria viene de Ti.
Padre mío, hoy te pido que transformes mi corazón y mi mente para que viva en plena obediencia a Tu santa Ley. Que cada paso de fidelidad me acerque al propósito que tienes para mí, llenándome de una esperanza renovada. No permitas que las distracciones o los pesos de este mundo me aparten de confiar en Tu poder, que es la fuente de mi fuerza.
Oh, Santísimo Dios, te adoro y te alabo por ser la base sólida de mi esperanza. Gracias por Tu poderosa Ley, que libera y transforma mi vida. Que mi confianza en Ti crezca cada día, sostenida por Tu fidelidad, y que viva con un corazón agradecido y lleno de la esperanza que solo viene de Ti. Tu Hijo amado es mi eterno Príncipe y Salvador. Tus hermosos mandamientos son una fuente de alegría. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.
























