“Bienaventurado el hombre que teme al Señor y anda en Sus caminos” (Salmos 128:1).
Cuando miramos la diversidad de las circunstancias de la vida y, aun así, creemos que todas ellas cooperan para nuestro bien espiritual, somos llevados a una visión más elevada de la sabiduría, la fidelidad y el poder del Dios que obra maravillas. Nada es aleatorio para quien ama a Dios. El Señor trabaja tanto en las alegrías como en los dolores, moldeando el alma según un propósito mayor. Ese bien no debe medirse por lo que el ser humano considera ventajoso, sino por lo que el propio Dios ha declarado como bueno en Su Palabra y por lo que ya hemos experimentado en nuestro interior al caminar con Él.
Y lo que Dios ha dejado claro como bueno para nosotros es obedecerle de todo corazón. Los espléndidos mandamientos revelan ese camino sin ambigüedades. La obediencia verdadera casi siempre encuentra oposición, pero al mismo tiempo vemos la mano de Dios guiándonos en medio de los ataques del enemigo. En esa fidelidad —incluso cuando hay resistencia— el alma crece, madura y se fortalece.
Por eso, confía en el obrar del Señor en todas las circunstancias y permanece firme en la obediencia. Cuando elegimos seguir lo que Dios ha declarado como bueno, aun contra la corriente, descubrimos que cada experiencia está siendo usada para acercarnos más a Él. El Padre honra la fidelidad, sostiene al obediente y lo conduce al Hijo para recibir vida, dirección y paz duradera. Adaptado de J.C. Philpot. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Padre amado, ayúdame a confiar en Ti en todas las circunstancias de mi vida. Enséñame a ver más allá del momento y a descansar en Tu sabiduría.
Dios mío, fortalece mi corazón para obedecer incluso cuando haya oposición. Que no evalúe el bien por mis emociones, sino por lo que Tú ya has declarado en Tu Palabra.
Oh, Señor amado, te agradezco por mostrarme que el verdadero bien nace de la obediencia. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es el estándar seguro de lo que es bueno para mi alma. Tus mandamientos son el camino firme por el cual soy conducido a la vida. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.
























