“Confía en el Señor con todo tu corazón y no te apoyes en tu propia inteligencia; reconócelo en todos tus caminos, y él allanará tus sendas” (Proverbios 3:5-6).
Muchas veces oramos con intensidad, pero pedimos que se haga nuestra voluntad y no la de Dios. Queremos que Él apruebe nuestros planes, en vez de buscar lo que Él ya ha determinado. El verdadero hijo del Señor aprende a confiar y someterse en todas las cosas. La oración más poderosa es la que se rinde, reconociendo que solo el Creador sabe lo que es mejor para nosotros.
Cuando entendemos esto, nuestros corazones se vuelven obedientes a la magnífica Ley de Dios, la misma revelada a los profetas y confirmada por Jesús. El alma sumisa encuentra placer en seguir los increíbles mandamientos del Señor, que conducen a la vida. Dios revela Sus planes solo a los obedientes, que eligen andar en la luz de Su espléndida sabiduría.
El Padre bendice y envía a los obedientes al Hijo para perdón y salvación. Que hoy sea el día en que decidas obedecer con alegría, sabiendo que esa entrega te acerca al corazón de Jesús. Adaptado de J. R. Miller. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Padre querido, enséñame a desear Tu voluntad por encima de la mía. Dame un corazón manso y sumiso, listo para obedecerte con confianza.
Ayúdame a discernir cuando estoy pidiendo solo por mis propios deseos. Que cada oración mía se convierta en un acto de entrega y que Tu nombre sea honrado en todo.
Oh, Dios amado, te agradezco por enseñarme el valor de la obediencia. Tu Hijo amado es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es un faro que guía mis pasos. Tus mandamientos son tesoros preciosos que me sostienen en fidelidad. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.
























