"Feliz el hombre que me escucha, velando cada día a mis puertas, esperando junto a los postes de mi entrada" (Proverbios 8:34).
Lamentablemente, muchos de nosotros desperdiciamos nuestras fuerzas espirituales en tareas que no están en armonía con los propósitos de Dios. Empleamos tiempo, energía e incluso recursos con buenas intenciones, pero sin una dirección divina clara. Y eso nos debilita, nos frustra y nos aleja del verdadero impacto que podríamos tener en el mundo. Sin embargo, si los siervos consagrados de hoy usaran con sabiduría sus fuerzas y sus bienes de acuerdo con los planes de Dios, podrían transformar por completo a esta generación.
La clave para esa transformación está en la obediencia a la majestuosa Ley de Dios. Ella nos muestra el camino correcto a seguir, evita desvíos y nos conecta con el propósito celestial con precisión. Los espléndidos mandamientos que el Padre entregó a los profetas del Antiguo Testamento y a Jesús nos revelan cómo usar lo que tenemos con sabiduría y temor. Cuando obedecemos, dejamos de actuar por impulso y comenzamos a caminar con enfoque, valentía y resultados eternos.
Sé alguien en quien Dios pueda confiar plenamente. Él desea bendecir y enviar al Hijo a quienes viven de acuerdo con Su voluntad. El Padre no envía rebeldes al Salvador, sino a los obedientes, los disciplinados, los fieles a Su incomparable Ley. Obedecer nos trae bendiciones, liberación y salvación — y nos convierte en instrumentos activos en el cumplimiento del plan divino. -Adaptado de John Jowett. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Señor mi Dios, ayúdame a reconocer cuándo estoy gastando fuerzas en lo que no viene de Ti. Dame sabiduría para buscar solo los caminos que están en plena armonía con Tu propósito.
Enséñame a usar mis dones, tiempo y recursos según Tus magníficos mandamientos. Que deje de actuar por impulso y pase a caminar con enfoque y reverencia a Tu voluntad.
Oh, Padre amado, te agradezco porque no dejas sin dirección a quienes te obedecen de corazón. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es como un mapa preciso trazado por Tus manos. Tus mandamientos son como brújulas seguras que me impiden perderme. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.