“Mi pueblo se ha olvidado de mí” (Jeremías 18:15).
Olvidar a alguien es la peor afrenta que podemos cometer, y aun así, es exactamente eso lo que Dios dice sobre nosotros en “Mi pueblo se ha olvidado de mí”. Piénsalo bien: podemos oponernos a alguien, perjudicarlo, ignorarlo, ¿pero olvidarlo? Eso es tocar fondo. Y, sin embargo, hacemos eso con el Señor. Olvidamos Sus beneficios, vivimos como si Él no existiera, como si estuviera muerto. Es un peligro real, porque el olvido no ocurre de repente: llega poco a poco, cuando dejamos de estar atentos, cuando nos relajamos y nos dejamos llevar por la corriente de la vida.
Entonces, ¿cómo escapar de este desastre? La respuesta es simple, pero exige acción: “¡Cuídate a ti mismo!” Estar atento es mantener los ojos en el camino, las manos en el volante, sabiendo hacia dónde vas. No es que olvidemos a Dios a propósito, sino que descuidadamente nos alejamos, hasta que Él se convierte en solo un recuerdo distante. Y aquí hay una protección poderosa contra ese olvido: obedecer a Dios. Cuando decides, de corazón, vivir según Su Palabra, te colocas en un lugar donde el propio Dios cuida de ti, asegurando que no haya distanciamiento.
Y aquí está la promesa increíble: para los que obedecen la poderosa Ley de Dios, el olvido simplemente no ocurre. ¿Por qué? Porque esa responsabilidad deja de ser tuya y pasa a ser del Creador, que nunca falla. Cuando vives en obediencia, Dios te mantiene cerca, manteniendo viva la llama de la relación. Así que decide hoy: deja de vivir a la deriva, elige obedecer y confía en que Dios te sostendrá firmemente, para que nunca lo olvides y Él nunca te deje. -Adaptado de J. Jowett. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Querido Dios, frecuentemente caigo en el peligro del olvido, viviendo como si no existieras, como si Tus beneficios no fueran reales, afrontándote, como dice Tu Palabra: “Mi pueblo se ha olvidado de mí”. Confieso que, muchas veces, ese olvido llega poco a poco, cuando me relajo y me dejo llevar por la corriente de la vida, hasta que te conviertes en un recuerdo distante.
Padre mío, hoy te pido que me des la gracia de estar atento, de cuidarme a mí mismo, para que no me aleje de Ti y caiga en el desastre del olvido. Enséñame a vivir en obediencia a Tu increíble Ley, pues sé que esa es la única protección contra el distanciamiento. Te pido que me guíes a decidir vivir según Tu voluntad, confiando en que, al hacerlo, Tú mismo cuidarás de mí, asegurando que nuestra cercanía nunca se pierda.
Oh, Santísimo Dios, te adoro y te alabo por prometer que, para los que obedecen Tu voluntad, el olvido no ocurre, pues Tú, que nunca fallas, tomas la responsabilidad de mantenernos cerca, con la llama de la relación encendida. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es el faro que me guía de regreso a Ti, una luz que ilumina mi memoria. Tus mandamientos son cuerdas que me sostienen firmemente, un cántico que resuena en mi alma. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.
























