“Nicodemo respondió y le dijo: ¿Cómo puede ser esto?” (Juan 3:9).
Esta pregunta de Nicodemo refleja una actitud común entre quienes tienen dificultad para aceptar lo sobrenatural. En cuestiones espirituales, especialmente en las de gran importancia, la duda constante suele tener una raíz profunda: el orgullo de la razón humana. El racionalista se coloca en el centro de todo, esperando que Dios encaje dentro de su lógica limitada, en lugar de someterse humildemente al Creador. En vez de buscar a Dios con un corazón abierto, exige pruebas que satisfagan su perspectiva personal, convirtiéndose en juez de aquello que solo puede ser comprendido por la fe.
Esa misma mentalidad sigue presente hoy en día. Juzgamos todo a partir de lo que ya creemos, negándonos a aceptar cualquier cosa que no esté alineada con nuestras opiniones preconcebidas. Este egocentrismo espiritual nos vuelve resistentes a la verdad y, aún peor, a la obediencia. Pues quien se coloca como juez de la voluntad de Dios difícilmente se someterá a Sus mandamientos.
Esta actitud centrada en el propio hombre es una de las grandes razones por las que muchos no obedecen las leyes de Dios. Quien resiste a la obediencia naturalmente se aleja del Creador, volviéndose incapaz de experimentar la paz y las bendiciones que tanto busca. El corazón endurecido por la duda y el orgullo pierde la oportunidad de vivir plenamente en la presencia de Dios. La verdadera paz y la verdadera abundancia vienen cuando dejamos de intentar encajar a Dios en nuestra lógica y nos rendimos a la obediencia, confiando en que Sus caminos son más altos que los nuestros. Solo así podemos vivir todo lo bueno que Él preparó para quienes de verdad Le siguen. -Adaptado de J. H. Newman. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Querido Dios, es verdad que la razón humana, cuando es guiada por el orgullo, se convierte en un obstáculo para comprender y aceptar Tu voluntad. Pero sé que Tú eres más grande que cualquier entendimiento humano, y que la fe genuina se manifiesta en la entrega y la obediencia, no en la exigencia de pruebas que satisfagan nuestra perspectiva. Enséñame a confiar en Ti sin reservas, poniendo mi confianza en Tu sabiduría y no en la mía propia.
Padre mío, hoy te pido que elimines de mí cualquier rastro de resistencia o de orgullo que me impida someterme plenamente a Tu voluntad. No quiero ser como aquellos que juzgan Tu verdad a partir de sus opiniones, sino alguien que te busca con un corazón abierto y humilde. Ayúdame a no endurecer mi corazón ante Tus mandamientos, pues sé que la verdadera paz y abundancia solo pueden encontrarse en la obediencia total a Ti.
Oh, Santísimo Dios, te adoro y te alabo porque Tus caminos son más altos que los míos, y Tu sabiduría es perfecta. Gracias porque Tú nos llamas no para que nos sometamos a nuestra propia comprensión, sino para que vivamos según Tu verdad, que es eterna e inmutable. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley me guía con sabiduría y verdad. Cada día encuentro alegría en Tus mandamientos. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.
























