“No me eches de tu presencia, ni retires de mí tu Santo Espíritu” (Salmos 51:11).
En el cristiano consagrado, el Espíritu Santo actúa como un guía constante, conduciendo nuestro corazón a una vida de comunión y oración. Él es, sobre todo, un Espíritu de oración, que transforma incluso nuestros pensamientos más simples en momentos de diálogo con Dios. Cuando entregamos todo nuestro ser a Su liderazgo, Él llena cada instante con Su presencia y nos enseña a llevar todas las cosas a Él. Así, incluso antes de actuar, oramos en lo íntimo de nuestro espíritu, permitiendo que el Espíritu Santo dirija nuestras acciones de acuerdo con la voluntad divina, y entonces vemos Sus providencias desplegarse en nuestra vida.
Sin embargo, para que esa comunión plena ocurra, es indispensable la fidelidad y la obediencia a los mandamientos de Dios. Cuando nos apartamos de la obediencia, la voz suave del Espíritu Santo comienza a silenciarse, volviéndose menos perceptible en nuestra conciencia. Persistir en la rebeldía endurece el corazón, y esto puede llevarnos al punto de ya no escuchar Su dirección y consuelo. Esta separación no ocurre por falta de capacidad de nuestra parte, pues Dios nos ha concedido la habilidad de obedecerle. Somos responsables de elegir el camino de la obediencia o de la resistencia.
Hoy es el día de volver al Señor con un corazón obediente y sumiso. Cuando nos rendimos a Su voluntad, el Espíritu Santo nos es dado en abundancia, y las bendiciones de Dios se hacen evidentes en nuestra vida. No permitamos que la negligencia y el orgullo nos alejen de Él. Volvamos con humildad, y experimentaremos el poder restaurador de la obediencia, permitiendo que el Espíritu Santo nos transforme y nos guíe en todas las cosas. -Adaptado de A. B. Simpson. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Querido Dios, reconozco que es por el Espíritu Santo que soy conducido a una vida de comunión y oración Contigo. Él transforma incluso los pensamientos más simples en momentos de diálogo contigo y me enseña a confiar en Tu dirección antes de actuar. Hoy, te pido que llenes cada instante de mi vida con Tu presencia y que Tu Espíritu guíe mis acciones de acuerdo con Tu voluntad, para que pueda ver Tus providencias manifestarse.
Padre mío, ayúdame a ser fiel y obediente a Tus mandamientos, pues sé que la obediencia es el camino para mantener la comunión plena con Tu Espíritu. No quiero que mi rebeldía o negligencia endurezcan mi corazón o silencien Tu voz en mi vida. Fortaléceme para elegir el camino de la sumisión a Tu voluntad, para que nunca pierda Tu dirección y Tu consuelo.
Oh, Santísimo Dios, te alabo por Tu paciencia y por darme la oportunidad de volver a Ti con un corazón sumiso. Gracias por conceder Tu Espíritu en abundancia a quienes se rinden a Tu voluntad. Que pueda experimentar el poder restaurador de la obediencia y ser transformado cada día, permitiendo que Tu Espíritu me guíe y me sostenga en todas las cosas. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley nunca ha dejado de guiarme por el camino correcto. Amo Tus mandamientos, pues son como el sol que calienta e ilumina los rincones de mi alma. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.
























