“Permitan que la paz de Cristo gobierne su corazón, pues, como miembros de un mismo cuerpo, ustedes han sido llamados a vivir en paz. Y sean siempre agradecidos” (Colosenses 3:15).
Escucha la voz del Espíritu Santo y permite que las fuerzas violentas y obstinadas de tu naturaleza sean calmadas, que la dureza de tus afectos sea suavizada y que tu voluntad propia sea subyugada. Cuando algo contrario se levante dentro de ti, sumérgete en el bendito océano de mansedumbre y amor. Dios ama a los mansos, a aquellos que están dispuestos a sufrir por sus hermanos y hermanas, poniendo el bien de los demás por encima de sí mismos.
Dios también ama a los obedientes, a aquellos que siguen Sus mandamientos incluso cuando su naturaleza se inclina hacia la desobediencia. La verdadera obediencia no es solo un acto externo, sino un profundo deseo de honrar a Dios por encima de todas las cosas, confiando en Su sabiduría y bondad. Estos fieles, que renuncian a su propia voluntad para hacer la voluntad de Dios, encuentran el favor divino.
Son estas almas fieles las que Dios ama, guía, bendice y prepara para estar con Jesús. A través de la mansedumbre y la obediencia, el corazón es moldeado a la imagen de Cristo, y la vida se convierte en un reflejo del amor y la gracia del Señor. Que nuestra oración sea vivir como estos fieles, sumisos a la voluntad de Dios, confiados en Su amor y listos para cumplir Su llamado. -Adaptado de Gerhard Tersteegen. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Querido Dios, te pido que tu amor divino calme las fuerzas inquietas dentro de mí. Suaviza la dureza de mi corazón y subyuga mi voluntad propia, para que pueda vivir en mansedumbre y poner el bien de los demás por encima de mis propios intereses. Enséñame a reflejar tu amor en cada actitud y a confiar en Ti en todas las circunstancias.
Padre mío, hoy te pido que moldees mi corazón para una obediencia verdadera, que nace del deseo sincero de honrarte por encima de todo. Ayúdame a renunciar a mi propia voluntad para seguir tus mandamientos, incluso cuando mi naturaleza se incline hacia la desobediencia. Que mi vida sea una expresión de confianza en tu sabiduría y bondad.
Oh, Santísimo Dios, te adoro y te alabo por ser un Padre que ama, guía y bendice a tus hijos fieles. Gracias por moldear mi corazón a la imagen de Cristo y por prepararme para vivir en comunión contigo. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es mi amiga fiel, que siempre me protege de los caminos tortuosos. Tus hermosos mandamientos no salen de mi mente. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.
























