Devocional Diario: Pero el justo vivirá por su fe; y, si retrocede, mi alma no se...

“Pero el justo vivirá por su fe; y, si retrocede, mi alma no se complace en él” (Habacuc 2:4).

La fe verdadera no se revela en los momentos de prisa, sino en el caminar constante incluso cuando los frutos parecen tardar. Dios rara vez realiza Su obra de una sola vez. Él trabaja en capas, en tiempos y estaciones, como el crecimiento lento de un árbol robusto a partir de una semilla casi invisible. Cada dificultad enfrentada, cada espera silenciosa, es una prueba que fortalece lo que es genuino y expone lo que es solo apariencia. Y aquel que realmente cree aprende a esperar, sin rendirse, incluso ante los desafíos más confusos.

Ese proceso de maduración exige más que paciencia — exige sumisión a la dirección del Padre, que nos guía con sabiduría a través de Sus hermosos mandamientos. La fe que no se apresura es la misma que obedece, paso a paso, las enseñanzas eternas de Dios. Y es en ese caminar fiel que el Padre nos prueba y nos prepara, separando a los que realmente le pertenecen de los que solo aparentan.

El Padre no envía rebeldes al Hijo. Pero a aquellos que perseveran, aun sin verlo todo con claridad, Él les revela el camino y los conduce a la salvación. Continúa firme, confiando y obedeciendo, porque el tiempo de Dios es perfecto y los que confían en Él jamás serán confundidos. -Adaptado de J.C. Philpot. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.

Ora conmigo: Señor mío, enséñame a esperar en el tiempo correcto, sin quejarme, sin rendirme. Dame la paciencia que revela la fuerza de la fe y moldea mi carácter según Tu voluntad. No permitas que me precipite, sino que camine con serenidad.

Fortaléceme para obedecer, incluso cuando todo parezca lento o difícil. Recuérdame que el crecimiento espiritual, así como el natural, lleva tiempo — y que cada paso es precioso cuando estoy firme en Tus caminos.

Oh, mi Dios amado, Te agradezco por trabajar en mí con paciencia y propósito. Tu Hijo amado es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es como la lluvia que hace brotar la fe verdadera en mi corazón. Tus mandamientos son peldaños seguros en el camino de la madurez espiritual. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.



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