Devocional Diario: ¿Por qué te abates, oh alma mía? ¿Por qué te turbas...

“¿Por qué te abates, oh alma mía? ¿Por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío” (Salmos 42:5).

La irritación, la inquietud y la impaciencia que nos causan las pequeñas pruebas provienen enteramente de nuestra ignorancia y falta de autocontrol. Es cierto que podemos sentirnos frustrados y perturbados por estas situaciones, pero ellas nos colocan en una posición para ejercitar la paciencia, la sumisión apacible y la abnegación, donde podemos encontrar la plenitud de Dios.

No tiene sentido luchar contra Dios, como si pudiéramos ganar algo al quejarnos o al tomar un camino en la vida que sabemos que no es Su voluntad. Dios no nos llama a la desesperación, sino a la confianza. Cuando reconocemos que Él usa incluso los desafíos para moldear nuestro carácter y acercarnos a Él, encontramos fuerza para perseverar. Quejarnos o intentar evitar Su dirección solo nos aleja de la paz que Él desea ofrecernos.

Lo que viene de Dios, sin ninguna duda, son Sus leyes. Si tenemos la humildad para reconocerlas y el valor para cumplirlas, encontraremos la verdadera felicidad. No son una carga, sino un camino hacia la libertad y la alegría. La obediencia a los mandamientos de Dios no solo alinea nuestro corazón con el Suyo, sino que también nos da la gracia necesaria para enfrentar todas las pruebas con paciencia y paz. -Adaptado de Gaston Jean Baptiste. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.

Ora conmigo: Querido Dios, muchas veces permito que pequeñas pruebas perturben mi corazón, perdiendo la oportunidad de crecer en paciencia y sumisión. Ayúdame a ver estos momentos como oportunidades para acercarme más a Ti y moldear mi carácter según Tu voluntad. Que abandone la irritación y la impaciencia, confiando en que Tú estás obrando en mí, incluso en los desafíos cotidianos.

Padre mío, hoy te pido humildad para reconocer Tu dirección en mi vida y valor para obedecer Tus leyes con alegría. Líbrame del hábito de quejarme o de resistirme a Tu plan, y enséñame a aceptar cada prueba como parte de Tu cuidado amoroso. Que mi obediencia sea un reflejo de la confianza que tengo en Ti, trayendo paz a mi corazón y gracia para perseverar.

Oh, Santísimo Dios, te adoro y te alabo por ser un Padre fiel que usa incluso las situaciones más pequeñas para mi bien. Gracias por Tus mandamientos, que no son una carga, sino un camino hacia la libertad y la verdadera felicidad. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley nunca me deja confundido. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.



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