“Si el mundo os odia, sabed que, antes que a vosotros, me odió a mí” (Juan 15:18).
Jesucristo, el ser más puro que jamás pisó esta tierra, fue rechazado, acusado y crucificado. La historia revela una verdad constante: la impiedad no soporta la santidad, y la luz incomoda a las tinieblas. El puro expone lo impuro, el justo confronta al injusto, y por eso la oposición siempre ha existido. Esa enemistad no terminó, solo cambió de forma.
Es precisamente en este escenario donde resalta la necesidad de vivir en obediencia a la poderosa Ley de Dios y a Sus magníficos mandamientos. La verdadera protección contra los ataques del mal no proviene de estrategias humanas, sino de alinear la vida con lo que el Creador ha ordenado. Cuando obedecemos, somos fortalecidos por Dios, y Él mismo establece un límite que el enemigo no puede traspasar. El Señor revela Sus planes a los obedientes, y es en esa fidelidad donde encontramos fuerza, discernimiento y seguridad.
Por eso, no busques agradar al mundo ni te sorprendas por la oposición. Elige obedecer. Cuando la vida está alineada con la voluntad del Creador, ninguna fuerza del mal puede romper la protección que Dios coloca alrededor de los Suyos. La obediencia no solo guarda el alma — la mantiene firme, protegida y preparada para seguir hasta el fin. Adaptado de D. L. Moody. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Padre amado, enséñame a no asustarme ante la oposición ni a retroceder frente al rechazo. Que permanezca firme incluso cuando la fidelidad cueste caro.
Mi Dios, fortalece mi corazón para obedecer en todas las cosas que el Señor ha ordenado. Que confíe más en Tu protección que en la aprobación de los hombres.
Oh, Señor amado, te agradezco por mostrarme que la obediencia es un escudo seguro. Tu Hijo amado es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es la muralla que el Señor levanta a mi alrededor. Tus mandamientos son la fuerza que me guarda y me sostiene. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.
























