“Te instruiré y te enseñaré el camino que debes seguir; te guiaré con mis ojos” (Salmos 32:8).
La vida espiritual más elevada no es aquella marcada por un esfuerzo constante, sino por la fluidez —como el río profundo que Ezequiel vio en visión. Quien se sumerge en ese río aprende a dejar de luchar contra la corriente y pasa a ser conducido por su fuerza. Dios desea que vivamos así: guiados con naturalidad por Su presencia, impulsados por hábitos santos que brotan de un corazón entrenado para obedecer.
Pero esa ligereza no nace por casualidad. Los hábitos espirituales que nos sostienen necesitan ser formados con intención. Comienzan con pequeñas elecciones, decisiones firmes de andar en el camino que Dios ha mostrado. Cada paso obediente fortalece el siguiente, hasta que la obediencia ya no parece una carga, sino una alegría. Los magníficos mandamientos del Señor, practicados con constancia, se transforman en senderos internos por los cuales nuestra alma camina con firmeza y paz.
El Padre bendice y envía a los obedientes al Hijo para perdón y salvación. Por eso, comienza con fidelidad, aunque aún sientas dificultad. El Espíritu Santo está dispuesto a moldear en ti una vida de obediencia estable, tranquila y llena de la fuerza que viene de lo alto. -Adaptado de A. B. Simpson. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Señor mío, deseo andar Contigo con ligereza y constancia. Que mi vida espiritual no esté marcada por altibajos, sino por un fluir continuo de Tu presencia en mí. Enséñame a entregarme a la corriente de Tu Espíritu.
Ayúdame a formar, con valentía, los hábitos santos que el Señor desea. Que cada acto de obediencia, aunque sea pequeño, fortalezca mi corazón para los próximos pasos. Dame firmeza hasta que obedecer se convierta en mi naturaleza transformada.
Oh, Dios amado, te agradezco porque Tu Espíritu trabaja pacientemente en mí. Tu Hijo amado es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es el lecho profundo por donde corre el río de la vida. Tus mandamientos son impulsos santos que me conducen a la paz. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.