“Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” (Génesis 1:26).
Quien desea construir un puente o una escalera para alcanzar a Dios debe comenzar con una mirada sincera hacia su interior. Somos criaturas hechas a imagen de Dios y, sorprendentemente, nada está más cerca de nosotros que nuestra propia esencia, que refleja al Creador. Cuando buscamos al Autor de nuestra existencia, encontramos a Dios. No hay otro fundamento, ni otro material que componga nuestra naturaleza, sino aquello que proviene de Él. Toda nuestra existencia, desde nuestro inicio hasta nuestro propósito final, pertenece enteramente a Dios, pues fuimos creados para Él y por Él.
Al reflexionar sobre quiénes somos, percibimos que nuestra naturaleza es la propia imagen de Dios, y el destino para el cual fuimos creados es estar en plena comunión con Él. Nuestro mayor bien, nuestro verdadero propósito, está en Dios, que es nuestro fin supremo y eterno. Este vínculo profundo y eterno entre nosotros y nuestro Creador exige de nosotros no solo reconocimiento, sino también una respuesta de gratitud y entrega total. Reconocer que todo lo que tenemos y somos le pertenece nos lleva a buscar Su voluntad con un corazón humilde y obediente.
Esa obediencia es la clave para caminar hacia el destino para el cual fuimos creados: vivir eternamente con Dios y con Jesús. Es inclinándonos en sumisión a Su autoridad y procurando seguir fielmente Sus mandamientos que nos alineamos con el propósito divino. Cada acto de obediencia nos acerca más al hogar celestial que Él ha preparado para nosotros, donde la alegría será completa y la comunión con Él será eterna. -Adaptado de R. Bellarmine. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Querido Dios, al mirar dentro de mí, veo que fui creado a Tu imagen y que toda mi existencia Te pertenece. Tú eres el fundamento de todo lo que soy, el Autor de mi vida y el destino supremo para el cual fui hecho. Ayúdame a reconocer Tu presencia en mi esencia y a buscarte con sinceridad, sabiendo que no hay nada más cercano a mí que el reflejo de Tu amor y de Tu perfección.
Padre mío, reconozco que mi mayor propósito es estar en plena comunión Contigo. Enséñame a responder a Tu amor con gratitud y entrega total. Quiero vivir con un corazón humilde y obediente, buscando Tu voluntad en todo lo que hago. Que mi vida sea una constante expresión de alabanza a Ti, que me creaste para vivir Contigo eternamente.
Oh, Santísimo Dios, te alabo por invitarme a vivir en obediencia y fidelidad a Tus mandamientos. Gracias porque, al seguir Tu voluntad, doy pasos hacia el destino eterno que has preparado para mí. Que cada acto de sumisión a Tu plan me acerque más al hogar celestial, donde la alegría será completa y la comunión Contigo será perfecta para siempre. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley está a mi lado en mi caminar. Tus mandamientos son como las estrellas que salpican el cielo de mi existencia con luz y esperanza. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.
























