"Bienaventurado aquel cuya transgresión es perdonada, y cuyo pecado es cubierto" (Salmos 32:1).
Es la conciencia real de nuestros pecados delante de Dios la que nos capacita para soportar la corrección del Señor sin murmuración. Mientras el orgullo y la autosuficiencia dominan el corazón, el alma se rebela cuando la mano de Dios pesa. Pero cuando llegamos a ver, con sinceridad, aquello que de hecho merecemos, el espíritu se aquieta. El reconocimiento de la propia condición silencia la queja y abre espacio para el arrepentimiento verdadero.
En ese punto, la magnífica Ley de Dios cumple un papel esencial. Ella revela el estándar santo del Creador y expone nuestra real necesidad de corrección. La obediencia nos libra de la autojustificación y nos conduce a la humildad que acepta la disciplina. Dios revela Sus planes a los obedientes, y es en ese camino que el alma aprende a soportar la corrección con mansedumbre, sabiendo que el Padre no actúa por crueldad, sino por amor y propósito.
Por eso, cuando la providencia parezca pesada, no endurezcas el corazón. Permite que la conciencia de lo que mereces transforme el dolor en arrepentimiento sincero. Aquel que se rinde, obedece y aprende con la disciplina encuentra crecimiento, paz y restauración en el tiempo justo del Señor. Adaptado de J.C. Philpot. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Padre amado, líbrame del orgullo que murmura y del corazón que se justifica. Enséñame a reconocer mi condición delante de Ti con humildad.
Dios mío, ayúdame a aceptar Tu corrección sin resistencia. Que las pruebas produzcan arrepentimiento verdadero y no rebeldía en mi alma.
Oh, Señor amado, te agradezco porque Tu disciplina me conduce a la vida. Tu Hijo amado es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es el espejo que revela mi necesidad de cambio. Tus mandamientos son el camino que transforma el dolor en arrepentimiento y restauración. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.
























