“Y levantándose muy de mañana, cuando aún estaba oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba” (Marcos 1:35).
El Señor habla, pero depende de nosotros escuchar. Lo esencial es no cerrar los oídos, estar abiertos y no sofocar Su voz. Es suave, secreta, un susurro íntimo de corazón a corazón. Pero ¿cómo oírla si estamos llenos del ruido del mundo: sus vanidades, preocupaciones, pasiones y ansiedades? Si nos perdemos en el tumulto vacío, con sus rivalidades y distracciones, la voz de Dios queda ahogada. Necesitamos silenciar el ruido para percibir lo que Él dice.
El secreto para escuchar en medio de esa confusión es seguir el ejemplo de Jesús: aislarse. No siempre físicamente, pero al menos en la mente y en el corazón, creando espacio para Dios. Cuando haces esto, te das cuenta de que Él pide algo sencillo: obediencia. Así fue con los grandes de las Escrituras: cuando escucharon y obedecieron, el cielo se abrió, trayendo bendiciones, protección y salvación.
Así que, aparta el ruido hoy. Presta atención al susurro del Señor, como quien busca un tesoro precioso. Decide obedecer Su voz, así como lo hicieron los fieles del pasado, y verás la mano de Dios obrar, guiándote hacia una vida de paz y propósito eterno. -Adaptado de E. B. Pusey. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Querido Dios, es verdad que muchas veces me pierdo en el tumulto vacío, lleno de distracciones y rivalidades, cerrando los oídos a lo que tienes para decirme. Reconozco que necesito silenciar el ruido, y te pido que me ayudes a estar abierto, creando espacio para escucharte con claridad y atención.
Padre mío, hoy te pido que me des la gracia de seguir el ejemplo de Jesús, aislando mi mente y mi corazón, incluso en medio de la confusión, para percibir Tu voz que me llama a la obediencia. Enséñame a apartar el ruido del mundo y a buscarte como quien busca un tesoro, sabiendo que, cuando escucho y obedezco, como los grandes de las Escrituras, el cielo se abre sobre mí. Te pido que me guíes a responder a Tu susurro con un “sí” dispuesto, para que viva según Tu voluntad y reciba Tus bendiciones.
Oh, Santísimo Dios, te adoro y te alabo por hablar a mi corazón, prometiendo paz, protección y propósito eterno a quienes escuchan Tu voz y obedecen fielmente, como los fieles del pasado que vieron Tu mano obrar. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es el silencio que aquieta mi alma, una luz suave que revela Tu susurro. Tus mandamientos son pasos que me llevan a Ti, un hermoso sonido de intimidad que resuena en mi ser. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.