“Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que conduce a la perdición, y muchos son los que entran por ella” (Mateo 7:13).
La vida humana está marcada por su movilidad y constante cambio. No somos habitantes permanentes de este mundo; somos viajeros, siempre en movimiento, con el bastón en la mano y el polvo acumulado en las sandalias. Todos estamos en un viaje, avanzando, acompañados por una gran multitud que recorre el mismo camino, mientras otros nos siguen de lejos, observando nuestros pasos. En esta caminata, no hay descanso permanente, ni de día ni de noche.
Este viaje es serio y exige reflexión, pues cada uno de nosotros se está moviendo hacia uno de dos destinos: salvación o perdición. Este proceso ocurre en nuestra alma, de manera continua, mientras vivimos y elegimos a quién servir. Dios, en Su bondad, no nos ha ocultado el camino hacia la vida eterna. Él dejó claro que solo dos cosas son necesarias: creer que Jesús es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo y obedecer fielmente Su Ley. Estas dos condiciones, simples y directas, son las que nos ponen en el camino correcto y nos conducen al destino final que Dios ha preparado.
Sin embargo, millones optan por ignorar estos requisitos claros. Muchos deciden rechazar los mandamientos de Dios, viviendo en desobediencia, mientras que otros niegan que Jesús es el enviado de Dios, el único capaz de reconciliar al ser humano con el Creador. Esta elección, deliberada o inconsciente, los aleja de la vida eterna y los conduce a un camino de perdición. Sin embargo, a todos, Dios ofrece la oportunidad de cambiar de dirección, creer y obedecer, para que puedan encontrar la verdadera vida y el propósito eterno que Él ha reservado para quienes Le siguen. -Adaptado de James Hastings. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Querido Dios, reconozco que soy un viajero en este mundo, siempre en movimiento, con cada paso moldeando mi destino eterno. Te pido que guíes mis pasos por el camino correcto, para que mi viaje me acerque a Ti, revistiéndome de Tu imagen y alejándome de las trampas de la corrupción y la debilidad.
Padre mío, ayúdame a recordar las dos condiciones que pusiste delante de nosotros: creer que Jesús es el Cordero de Dios y obedecer fielmente Tu Ley. Que mi fe en Jesús sea firme y mi obediencia a Tus mandamientos constante, para que pueda caminar con seguridad hacia el destino que preparaste para Tus hijos.
Oh, Santísimo Dios, te alabo por ofrecer a todos la oportunidad de cambiar de dirección, de abandonar el camino de la perdición y seguir el camino de la vida eterna. Gracias por revelar tan claramente Tu voluntad y por llamarnos, en Tu misericordia, a creer y obedecer. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley está permanentemente escrita en mi corazón. Tus mandamientos son como estrellas que iluminan las noches oscuras de mi vida, trayendo esperanza y dirección. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.