“Bienaventurados los que oyen la palabra de Dios y la guardan” (Lucas 11:28).
La fe es esencial, pues nos conecta con cada promesa de Dios y abre el camino para toda bendición. Pero existe una diferencia profunda entre una fe viva y una fe muerta. Creer solo con la mente no transforma la vida. Así como alguien puede creer que hay un depósito a su nombre y nunca ir a buscarlo, muchos dicen creer en Dios, pero no se apropian de lo que Él prometió. La fe verdadera se manifiesta cuando el corazón se mueve, cuando la confianza se traduce en acción.
Por eso necesitamos comprender la conexión inseparable entre la fe viva y la obediencia a la magnífica Ley de Dios y a Sus espléndidos mandamientos. Muchos admiten que Dios es bueno, justo y perfecto, pero rechazan las órdenes que Él mismo entregó por medio de los profetas y del propio Mesías. Esa no es la fe que produce frutos. Dios revela Sus planes a los obedientes, y es esa fe obediente la que abre la puerta de las bendiciones y conduce el alma para ser enviada al Hijo. La incredulidad no consiste solo en negar a Dios, sino en ignorar lo que Él ordenó.
Por eso, examina tu fe. Que no sea solo palabras, sino vida practicada. La fe que obedece es viva, fuerte y eficaz. Quien realmente cree camina en los caminos del Señor y experimenta todo lo que Él ha preparado. Es en esa fe obediente donde el alma encuentra dirección, seguridad y el camino hacia la vida eterna. Adaptado de D. L. Moody. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Padre amado, enséñame a no vivir de una fe solo declarada, sino de una fe practicada. Que mi corazón esté siempre dispuesto a actuar conforme a Tu voluntad.
Dios mío, líbrame de separar fe y obediencia. Que confíe plenamente en Ti y honre cada mandamiento que el Señor ha revelado, sabiendo que ese es el camino seguro.
Oh, Señor amado, te agradezco por mostrarme que la fe viva camina junto con la obediencia. Tu Hijo amado es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es la expresión fiel de Tu voluntad. Tus mandamientos son el camino por el cual mi fe se vuelve viva y fructífera. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.