“Le dijo Pedro: ¿Por qué no puedo seguirte ahora? Por ti daré mi vida” (Juan 13:37).
Pedro confió en su propia lógica, pero no esperó en Dios. Previó en su mente dónde vendría la prueba, pero la dificultad llegó de un lugar inesperado. "Por ti daré mi vida", declaró con convicción. Su intención era sincera, pero su comprensión de sí mismo era limitada. Jesús, que lo conocía mejor que él mismo, respondió: "No cantará el gallo hasta que me hayas negado tres veces." Pedro no sabía que, en el momento decisivo, su fuerza fallaría, pues se apoyaría en el razonamiento humano, y la verdadera fe no duda. Abraham, el padre de la fe, no dudó.
La devoción natural puede atraernos a Dios, puede llenarnos de entusiasmo y hacernos sentir el deseo de seguirle. Pero la devoción natural por sí sola no nos hará fieles. Cuando fundamentamos nuestro caminar solo en emociones o en la lógica humana, tarde o temprano fallaremos, porque estas cosas son inestables. Solo la obediencia total a la voluntad de Dios nos hará firmes. Quien vive por la obediencia no depende de sus propias fuerzas, sino que se apoya en el Señor y en Sus mandamientos, que son inmutables y perfectos.
La diferencia entre Pedro y Abraham está en la obediencia incondicional. Abraham no dudó al ofrecer a Isaac: no cuestionó, no esperó sentir seguridad, simplemente obedeció. Y por eso fue llamado amigo de Dios y se convirtió en uno de los hombres más bendecidos de la tierra. Su fidelidad no se basaba en emociones o impulsos momentáneos, como fue el caso de Pedro, sino en una fe fundamentada en la obediencia absoluta. Si queremos ser verdaderamente fieles, no podemos confiar en nuestra propia fuerza o en sentimientos pasajeros, sino que debemos aferrarnos firmemente a la Ley de Dios, pues solo a través de la obediencia experimentamos la verdadera bendición y el favor divino. -Adaptado de O. Chambers. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Querido Dios, es verdad que mi fuerza y determinación no son suficientes para mantenerme firme ante las pruebas. Pedro creía estar listo, pero no conocía su propia debilidad. Sé que también puedo engañarme, confiando en mis emociones o en mi lógica humana, sin darme cuenta de que solo la obediencia total a Ti puede sostenerme.
Padre mío, hoy te pido que moldees mi corazón para que mi fidelidad no dependa de lo que siento o de lo que entiendo, sino que esté firmemente arraigada en Tu Palabra. Quiero ser como Abraham, que obedeció sin dudar, sin buscar explicaciones ni garantías, solo confiando en que Tú eres fiel. Ayúdame a no confiar en mi propia fuerza, sino a apoyarme enteramente en Tus mandamientos, pues sé que solo a través de la obediencia encontraré verdadera firmeza en mi caminar contigo.
Oh, Santísimo Dios, te adoro y te alabo porque Tú eres inmutable, y en Ti encuentro seguridad. Gracias porque no necesito depender de mis propias fuerzas, sino que puedo apoyarme en Tu Ley, que es perfecta y eterna. Que mi vida esté marcada por la obediencia, para que pueda experimentar la plenitud de Tus bendiciones y vivir según Tu voluntad, sin miedo y sin vacilación. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es mi guía fiel rumbo a la Canaán celestial. Si fuera posible, me vestiría con Tus mandamientos como si fueran un manto, de tan hermosos que son. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.