“permaneced en mí, y yo permaneceré en vosotros. Así como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros podéis darlo, si no permanecéis en mí” (Juan 15:4).
Necesitamos entender que, antes de ser canales de bendición para los demás, debemos permitir que las bendiciones de Dios transformen nuestras propias vidas. No podemos dar aquello que aún no hemos recibido. Así como un árbol necesita estar firme y saludable para producir frutos, nuestra alma necesita estar llena del amor y la misericordia de Dios antes de poder alimentar las almas a nuestro alrededor. El amor de Dios Padre y de Jesús es el fuego que enciende la mecha de nuestro amor, y solo cuando somos tocados por ese amor divino podemos transmitirlo de manera genuina.
El verdadero amor, aquel que transforma vidas, solo puede surgir de una relación auténtica con Dios. Y esa relación no se basa solo en palabras o intenciones, sino en la fe que se expresa en obediencia. Creer en Dios y en Jesús significa confiar en ellos y mostrar esa confianza a través de la sumisión a Su Ley perfecta. Es en ese creer y obedecer donde encontramos la base sólida para recibir las bendiciones celestiales, que nos capacitan para suplir las necesidades espirituales y materiales de quienes nos rodean.
Cuando experimentamos las bendiciones de la fe y la obediencia, somos llamados a compartir lo que hemos recibido. Alimentar a los hambrientos, vestir a los desnudos y saciar a los sedientos es más que un acto de bondad material; es una misión espiritual. El mundo carece de mucho más que pan y agua, está sediento de amor, verdad y salvación. A nosotros, que creemos y obedecemos, se nos ha confiado la tarea de llevar esas bendiciones al mundo, demostrando, por medio de nuestras acciones, el poder transformador de Dios. -Adaptado de Henry Müller. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Querido Dios, es verdad que, antes de ayudar a los demás, necesito permitir que Tus bendiciones transformen mi propia vida. No puedo ofrecer aquello que aún no he recibido de Ti. Así como un árbol necesita estar saludable para dar frutos, te pido que mi alma esté llena de Tu amor y de Tu bondad, para que pueda transmitir a otros Tu cuidado y Tu luz de manera verdadera y genuina.
Padre mío, hoy te pido que me ayudes a cultivar una relación profunda y auténtica Contigo. Enséñame a confiar en Ti y a demostrar esa confianza mediante la obediencia a Tu Ley perfecta. Que mi fe no sea solo palabras o intenciones, sino un reflejo de Tu voluntad en mi vida. Capacítame para recibir y compartir las bendiciones celestiales que fortalecen tanto a mí como a quienes me rodean.
Oh, Santísimo Dios, te alabo por concederme el privilegio de ser un instrumento de Tu amor y de Tu verdad en este mundo. Gracias por llamarme a suplir las necesidades, no solo materiales, sino espirituales, de aquellos que están sedientos de Tu presencia. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley nunca me deja inseguro en la vida. Tus mandamientos son como pilares que sostienen el templo de mi fe. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.