Devocional Diario: Entonces le preguntaron: ¿Qué necesitamos hacer para realizar las...

“Entonces le preguntaron: ¿Qué necesitamos hacer para realizar las obras que Dios requiere?” (Juan 6:28).

Dios es un Padre bondadoso. Él coloca a cada persona exactamente donde desea que esté y le da a cada uno una misión especial, que forma parte de la obra del Padre. Ese trabajo, cuando se realiza con humildad y sencillez, se convierte en algo placentero y significativo. El Señor no entrega tareas imposibles — siempre da suficiente fuerza y entendimiento para que la persona cumpla lo que Él ha determinado.

Cuando alguien se siente confundido o agotado, muchas veces es porque se ha alejado de lo que Dios ordenó. El error no está en lo que el Padre pidió, sino en cómo la persona está lidiando con ello. Dios quiere que Sus hijos le sirvan con alegría y paz en el corazón. Y la verdad es que nadie puede agradar verdaderamente a Dios si está en constante rebeldía o descontento. La obediencia a la voluntad divina es el camino de la verdadera satisfacción.

Por eso, si el alma desea agradar al Padre y encontrar propósito, necesita obedecer con amor la poderosa Ley de Dios y seguir Sus hermosos mandamientos. Viviendo conforme a los preceptos del Creador, el trabajo diario adquiere sentido, el corazón encuentra descanso y la comunión con el Altísimo se vuelve real. La paz que viene de Dios está reservada para quienes caminan en Sus caminos. -Adaptado de John Ruskin. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.

Ora conmigo: Señor mi Dios, te agradezco por ser un Padre bondadoso, que cuida de mí y me da tareas conforme a Tu voluntad. Tú sabes lo que es mejor para mí, y siempre me concedes fuerza y entendimiento para cumplir lo que esperas.

Perdóname cuando me quejo, me confundo o me alejo de lo que has ordenado. Enséñame a realizar todo con humildad y alegría, recordando que es para Ti que trabajo. Que nunca olvide que la obediencia a Tu Ley y el cumplimiento de Tus mandamientos son el camino seguro para agradarte y vivir en paz.

Oh, Santísimo Dios, te adoro y te alabo por cada día de vida, por cada misión que me confías y por cada enseñanza que viene de Tu boca. Tu Hijo amado es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es como una luz que organiza mi camino y da sentido a mi existencia. Tus mandamientos son como semillas celestiales que florecen en alegría y verdad dentro de mí. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.



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