“Muestra la maravilla de tu amor, tú, que con tu mano derecha salvas a los que en ti buscan protección contra aquellos que los amenazan” (Salmos 17:7).
La gratitud nace de la capacidad de percibir, con atención cuidadosa, cada detalle de los dones de Dios en nuestra vida. Cuando aprendemos a reconocer Sus bendiciones, incluso en las cosas pequeñas, nos volvemos conscientes de Su amor y cuidado constantes. Dios no se preocupa solo por los grandes momentos de nuestra existencia, sino también por los eventos más simples y por cada necesidad de nuestro día a día.
Las grandes bendiciones de Dios pertenecen a aquellos que caminan con Él en obediencia. Los hombres más bendecidos de la Biblia, como Abraham y David, amaban la Ley del Señor. No eran superhumanos, ni poseían algo que nosotros no poseemos. La diferencia estaba en su corazón dispuesto a seguir fielmente los mandamientos de Dios. Ellos entendieron que la obediencia al Creador es el único camino hacia una vida feliz, llena de la presencia y el favor del Padre.
Esa misma vida bendecida está accesible a cualquier persona que decida vivir según la voluntad de Dios. No hay distinción entre los que fueron llamados en el pasado y los que son llamados hoy: las promesas son para todos los que obedecen. Así como Abraham y David fueron honrados por su fidelidad, cualquiera puede experimentar la abundancia de las bendiciones de Dios y, al final, heredar la vida eterna en Cristo. -Adaptado de H. E. Manning. Hasta mañana, si el Señor nos lo permite.
Ora conmigo: Querido Dios, es verdad que la gratitud nace de la capacidad de reconocer Tus bendiciones en cada detalle de la vida. Muchas veces esperamos grandes milagros y dejamos de percibir Tu cuidado diario, desde las pequeñas provisiones hasta las correcciones que nos moldean para algo mayor. Quiero tener un corazón atento y agradecido, que vea Tu mano en todo, comprendiendo que incluso los desafíos son oportunidades para crecer en la fe y la obediencia.
Padre mío, hoy te pido que me enseñes a seguir Tus caminos como lo hicieron Abraham y David, que encontraron en Tu Ley el secreto para una vida feliz. Sé que la obediencia es la clave para experimentar Tu presencia y protección. Dame un corazón dispuesto a honrarte en todas las cosas, confiando en que Tú siempre conduces a aquellos que te siguen con fidelidad.
Oh, Santísimo Dios, te adoro y te alabo porque Tú eres fiel y nunca dejas de honrar a quienes andan en Tus caminos. Gracias porque Tus promesas son para todos los que eligen obedecerte, sin distinción de tiempo o circunstancia. Que mi fe y mi gratitud sean constantes, y que mi obediencia me conduzca a la plenitud de Tu presencia. Tu amado Hijo es mi eterno Príncipe y Salvador. Tu poderosa Ley es la espada que me defiende en la batalla. Mi corazón se deleita en Tus mandamientos. Oro en el precioso nombre de Jesús, amén.
























